Crónica desde Andalucía

 

Ana Segura (4º ESO IES Tiempos Modernos)

La mañana se había despertado fría y nubosa. En una estación del AVE, 24 jóvenes esperábamos ansiosos a que pasaran unas horas agobiantes para muchos, más relajadas para otros. El momento clave se acercaba. Todo parecía tranquilo y nada se estaba retrasando. Por fin, salimos de nuestro hogar, Zaragoza, para poner rumbo a otro mucho más cálido, Huelva.

Ilusión por montar en un novedoso medio de transporte, alegría por llegar a una lejana provincia e, incluso, nostalgia por lo que aquí se nos quedaba; pero los momentos de reflexión duraron poco, ya que, sin darnos cuenta, nos encontramos en Madrid. Un paseo por la conocida estación de Atocha, y una carrera para llegar puntuales a la salida de nuestro tren, fue lo más memorable de esta corta estancia en la capital.

A continuación, un trayecto más largo con película incluida para amenizarlo. Risas, música, conversaciones y gritos de bebé era todo y lo único que podía escucharse en nuestro vagón. Ya casi ni recordábamos lo que en un principio tanto añoramos. Llegó la última parada, Sevilla, y ya podíamos respirar el aire andaluz que a nuestra mente embriagaba. Pronto llegamos al albergue de Punta Umbría. Nuestra casa.

Lo que quedaba de tarde nos sirvió para representar a nuestra ciudad, Zaragoza, a nuestra provincia, del mismo nombre, y a la Comunidad Autónoma de Aragón; para lo cual, a través de una exposición, utilizamos materiales de nuestras nuevas cotidianas tecnologías: cañón de vídeo, portátil y audio.

El siguiente día lo aprovechamos en ver la capital onubense en la que se incluía la renacentista, a la vez que barroca, Catedral de la Merced de Huelva; el colegio de la Rábida, en el que Juan Ramón Jiménez estudió, y un largo etcétera de monumentos y plazas dignas de contemplar. Seguidamente, pusimos rumbo al auditorio de la ciudad, en el que asistimos a un concierto de Paco Damas. Por la tarde, llevamos a cabo nuestro primer taller para conocer la vida de Zenobia, a través de explicaciones y juegos dinámicos realizados entre las dunas y el mar del paisaje de Punta Umbría.

Llegó el tercer día y todos queríamos más. Cádiz era nuestro siguiente punto y, tras varias horas de traslado, llegamos al Puerto de Santa María. De ahí, resaltar la visita a la Fundación Rafael Alberti, un lugar en el que la pintura y el arte en general, no dejaban paso a ningún otro pensamiento más racional. Tras esto, tuvimos el privilegio de observar un colegio majestuoso en el que tanto Juan Ramón como Rafael pasaron su adolescencia. Lo que solo parece un recorrido a través de pueblos escondidos del mundo, fue para nosotros la ventana a un universo nuevo lleno de colores y texturas hasta entonces desconocidas; la del arte y su belleza.

Ahora bien, un viaje que mereció realmente la pena realizar fue, sin duda, a Sevilla ya que ésta, con su toque colonial nos traspasaba, sin quererlo, magnificencia. La asistencia, primeriza por parte de todos, a una charla de jóvenes promesas de la poesía en el Ateneo sevillano, era la principal señal para imaginar que éste iba a ser un día más que especial. Por la tarde, los Reales Alcázares fueron nuestro destino, trasladándonos así a un mundo en el que los cuentos de princesas y palacios, parecían cobrar vida. Este recorrido de la jornada lo biengastamos en caminar a través de los entramados rincones hispalenses aunque siempre, eso sí, de la mano de la literatura y, cómo no, de Juan Ramón Jiménez.

La casa en la que vivió Zenobia junto a sus padres fue lo primero que vimos al bajar, tras un nuevo amanecer, del autobús. Avanzando por caminos en los que solo se veía piedra y arena, llegamos hasta la Universidad Internacional de Andalucía para, a continuación, encontrarnos ante el Monasterio de la Rábida. Después de tomar unas cuantas fotos, atender a las explicaciones oportunas y disfrutar de la estancia en un lugar que transmitía paz en todo su esplendor, nos trasladamos a otro museo; esta vez, el del Descubrimiento del Nuevo Mundo.

Carabelas y naos, paisajes perfectamente recreados y gritos ininteligibles, nos hicieron pensar que habíamos dejado el 2008 para, presentarnos repentinamente, en el 1492. Tras una mañana agotadora, la tarde se convirtió en relajante pero educativa a causa de un nuevo taller, Naturaleza viva, naturaleza muerta, naturaleza. Leímos poemas, creamos los nuestros propios, nos divertimos entre juegos y, sin apenas darnos cuenta, el atardecer se estaba poniendo en el horizonte.

Como todas las noches, recreamos la redacción de un periódico y nos convertimos en laboriosos periodistas para mandar la crónica diaria a la web de Tiempos Modernos y compartir, así, otra intensa jornada.
La ruta llegaba a su fin, pues ya estaba frente a nosotros el último viaje y el definitivo taller de esta temporada andaluza. Pudimos conocer la casa de campo que tanto frecuentaba nuestro poeta y en la que se dice, está enterrado el conocido Platero. A continuación, fuimos a ver la vivienda en la que Juan Ramón pasó la infancia junto a sus padres pero, antes de ello, y bajo el porche de la parcela de Fuentepiña, realizamos la lectura de unos poemas escritos por nosotros mismos. Moguer, el pueblo en que Juan Ramón Jiménez vio la luz por primera vez, fue el último recorrido de nuestro peregrinaje.

Tras llegar al albergue, es decir, nuestra casa, llevamos a cabo un taller final en el que reflexionamos acerca de esta semana en nuestras vidas. Como remate, gracias a unas emotivas palabras de las que habían sido nuestras monitoras, la melancolía que en un primer día sentimos al dejar nuestro hogar, se volvía a repetir pero en sentido inverso.

DESPEDIDA De ningún modo queríamos dejar el lugar que tanto nos había enseñado y tan buenos momentos nos había hecho pasar, pero, frente a la amargura de volver, queríamos olvidarlo todo y estar, ya de nuevo, en nuestra ciudad. En la maleta llevábamos un poso de agradecimiento a todos aquellos que han hecho posible una experiencia que ya formará parte de nosotros para siempre.

La mañana siguiente se despertó cálida y soleada. En una estación de AVE, 24 jóvenes esperábamos ansiosos a que pasaran unas horas agobiantes para muchos, más tranquilas para otros. El momento clave se acercaba. Todo parecía tranquilo y nada se estaba retrasando. Por fin, salimos de nuestro hogar, Punta Umbría, para poner rumbo a otro mucho más personal, Zaragoza.

 

 

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