Mauthausen, una cuestión de memoria y de justicia

 

Los alumnos han tenido ocasión de conocer en primera persona el horror de los campos de exterminio nazi y de conversar con algunos de los supervivientes

Alumnos 1º Bachillerato IES Medina Albaida

Hace dos semanas un grupo de alumnos del IES Medina Albaida de Zaragoza, junto con otros institutos (entre ellos, los IES de Tamarite de Litera y Fraga), viajamos al campo de concentración de Mauthausen, en Austria.

El viaje fue organizado por la asociación Amical de Mauthausen y subvencionado por el Gobierno central y, en el caso de los institutos aragoneses, por el Gobierno de Aragón, a través del Departamento de Educación, Cultura y Deporte y de la asociación Amarga Memoria. El objetivo del viaje era honrar la memoria de todas las víctimas del nazismo y, especialmente, la de los republicanos españoles muertos en este campo y otros anexos a él, como Gusen y Ebensee. Con nosotros viajaban también familiares de los deportados y supervivientes de los campos. Fue emotivo, sobre todo, el contacto directo con estos últimos.

EXPERIENCIAS EN PRIMERA PERSONA A pesar de sus trágicas experiencias y de su avanzada edad, todavía les quedaban fuerzas y ganas para compartir su historia y acompañarnos en todo momento.

Conocimos a Juan Camacho, que trabajó en la cantera, cuyos 186 escalones se cobraron tantas vidas, y que, tras la liberación, tuvo el honor de destronar el águila nazi que coronaba una de las puertas del campo; a José Alcubierre, cuya juventud (tenía nuestra edad cuando entró en el campo) le permitió trabajar en un grupo exterior, el kommando Poschacher, y salvar así la vida; a José Mª Villegas, anarquista y miembro de la Resistencia francesa, quien, tras sobrevivir a Buchenwald, siguió, incansable, su lucha contra la dictadura franquista.

VÍCTIMA POR SER JUDÍO También conocimos a Enrique Vándor, que, aunque no estuvo en Mauthausen, es una víctima del nazismo por su condición de judío: la familia Vándor vivía en Budapest y, como tantos judíos húngaros, hubiera acabado en Auschwitz de no haber sido por la valiente actitud del diplomático zaragozano Ángel Sanz Briz y de su colaborador Giorgio Perlasca, quienes les proporcionaron salvoconductos y pasaportes. También disfrutamos, brevemente, de la compañía de David Moyano, uno de los pocos que puede decir que ha sobrevivido a un cautiverio de seis meses en Gusen.

A lo largo de estos cuatro intensos días, hemos visitado el castillo de Hartheim, siniestro escenario del programa de eutanasia nazi, conocido como Programa T-4. Actualmente, cerca del castillo se levanta el Instituto Hartheim, dedicado a la inserción de personas discapacitadas.

Este contraste nos ayudó a entender cómo la historia se puede cambiar cuando aprendemos de ella. En Ebensee, detrás de un paisaje idílico plagado actualmente de chalets, se escondía una red de túneles que protegía a la industria militar nazi de los bombardeos aliados. En Gusen, el campo en el que murieron la mayoría de los españoles, José Alcubierre, con lágrimas en los ojos, colocó una placa en memoria de su padre, asesinado allí.

El recuerdo de los más de 40.000 muertos de este campo está enlodado por el cinismo de un individuo que vive en la misma casa que daba entrada al campo, y que se dedica al cultivo de champiñones en dos antiguos barracones de prisioneros. En todos estos lugares, los estudiantes llevamos a cabo homenajes con una gran carga emotiva y reivindicativa. Memoria y justicia.

RECONOCIMIENTO Nuestro homenaje tuvo lugar en la estación de Mauthausen, adonde llegaban los convoyes cargados, a menudo, de cadáveres. Allí recordamos especialmente a unos 200 deportados de Zaragoza, muertos en Mauthausen. Durante todo el viaje tuvimos presente al deportado español, afincado en Villamayor, José Egea Pujante, con quien hablamos unos días antes y cuyo padre, José Egea García, a quien también rendimos un pequeño tributo, murió en Gusen. José Egea no pudo acompañarnos por razones de salud y hemos querido ser, a lo largo de este viaje, sus ojos y sus piernas.

Hemos vivido la historia de la mano de sus protagonistas. Al despedirnos de ellos, al término del viaje, sus ojos nos decían: que aquello no se repita, y, sobre todo, que no los olvidáramos. Así lo haremos.

 

 

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