Érase una vez... un asesino

 

Primer Premio de la 1ª Categoría del Concurso de Relatos Breves de El Estudiante

Ínigo Muñoz Malo (IES Miguel Catalán)

No vivo mal. Nunca me he quejado. De hecho, odio a los que se quejan. En verdad, odio a mucha gente. Incluso a mí. Soy un hombre de pocas palabras, tímido, simple y rutinario. Asquerosamente simple y rutinario.

A veces pienso que soy el hámster de un niño malcriado. Como cuando toca comer, duermo cuando toca dormir y recibo el cariño justo para pensar que cuanto más corra en una rueda, más cariño recibiré. Luego pienso que ese niño me da de comer cuando me tiene que dar de comer, apaga la luz cuando la tiene que apagar, y me da el cariño necesario para que su conciencia esté tranquila. Antes, a la pregunta de "¿Quién es ese niño?" habría contestado sin dudar un segundo que ese niño era yo. Ese niño era mi rutina. Pero ahora ese papel había cambiado de actor.

Aún así mi vida se basa en la rutina. Odio la rutina. Odio mi vida. En una situación así, ¿quién no piensa en cambiar? Yo te contestaré a esa pregunta, amigo mío: los fuertes. Los débiles acaban con sus problemas, resignándose. Porque débil es aquel que no sabe solucionar sus problemas. El que no tiene valor para lo que quiere. Nunca he tenido suficiente valor para cambiar. Si lo intentara, significaría que tengo fuerza suficiente para hacer lo que quiero. Sería alguien fuerte. Por lo tanto, odio a la gente.

He visto a mucha gente odiosa en mi vida. Antes era ujier. Recordaba cantidad de anécdotas curiosas. Pero mi memoria ya no es la que era. Cuando llegas aquí, cambia tu fecha de cumpleaños. Aunque a pesar de todo, recuerdo un día de trabajo, puede que el día de trabajo más fuera de lo normal que viví cuando aún trabajaba. Fue en el juicio de un hombre que había matado a trece personas. En un momento dado, se levantó y echó a correr sin energía alguna a la puerta. Le plaqué. Me sentí bien, le sonreí, él me vio hacerlo, y sonrió también. Ese hombre no era normal. No tenía la complexión de un asesino. Conocía a ese tipo de gente y no era así.

Trece, el número de la mala suerte, lo que hizo fue entregarse de la manera más indirecta que jamás había visto, dejó tan solo en su último crimen todas las pistas que no había dejado en los demás. Era como si tan solo su último crimen hubiera sido pasional. Pero no fue así. Ni con el primero ni con el último. Todos a los que mató eran reincidentes, jóvenes en su mayoría, asesinos, ladrones y demás, todos cayeron a sus manos.

Le cayeron 1.500 años de cárcel. No sentí ni el más mínimo ápice de compasión por él, pero sí una curiosidad que me corroía por dentro. Acabé con ella de golpe cuando nos ordenador llevarnos a ese monstruo de allí. De camino a la salida, le pregunté: "¿Por qué lo hiciste?", a lo que él me contestó: "Eran mala gente, estamos mejor sin ellos, os hice un favor a ti y a todos. Quería hacer de la vida un cuento de hadas". Yo le dije: "¿Por qué te entregaste con trece personas?". dejó de mirarme a la cara y me susurró: "Los cuentos se enriquecen cuando pasan de generación en generación. Esos cuentos son los más bonitos, supongo que me tocaba dar el relevo".

Yo le dije: "Los cuentos que no se escriben corren el riesgo de desaparecer". Y el me contestó, como última frase: "Si la escribes, es tu historia, solo tuya. Los cuentos pueden ser de todo aquel que los cuente".

No he vuelto a verle, pero podría haberlo hecho. No tenía nada más que contarme. ¿Ayudó al mundo ese hombre?, no lo sé, pero sí sé que descubrió mi auténtica vocación: escrito. En mi vida he escrito 17 libros. Cada novela diferente a la anterior, la última la hice sobre papel aquí, en mi tiempo libre.

Es complicado escribir si en tu habitación ni puede entrar nada afilado. No cometí ningún fallo al escribirlas, tan sólo en la última. Esa novela fue mi última obra, pero, sin duda y aunque cometiera una errata, fue la mejor. Un pederasta, secuestrador y reincidente, atado y amordazado con una bala metida entre sus dos grandes y azules ojos. Toda mi obra es perfecta, repugnante, simple y criminal. Perfectamente criminal.

 

 

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