Chucherías

 

Olga Albalá Soria (1º ESO Escuelapias Pompiliano)

A Paquita la asfixiaron con una almohada. Ése era el titular principal de la sección de sucesos del periódico que estaba abierto encima de la mesa de la cocina y lo leí por casualidad. Paquita era la propietaria de un pequeño quiosco próximo a mi casa. Una tienda de ésas que abren todos los días, en las que se venden tanto artículos de primera necesidad a precios de usura como revistas y chucherias.

--¿Sabéis que a Paquita la han asfixiado con una almohada?--, fue lo primero que les pregunté a mis amigas Sara y Lucía cuando las vi por la tarde. Habíamos quedado para ir al cine.

--Pero ¿quién ha matado a la tendera?, reflexionó Sara, que así la llamaba desde que perdió gran parte de su dinero comprando cromos. Decidimos dejar el cine, tomamos algo y dedicamos a la investigación criminal. La primera hipótesis defendida por Sara fue la del suicidio, que se descartó inmediatamente por razones evidentes. También suprimimos el móvil pasional. Desde que enviudó, sólo se le conoció un novio, Luis, marinero de profesión que pasaba largas temporadas en la mar. Un día, Paquita recibió la terrible noticia de que su amado había muerto. No obstante un vecino, en un viaje a Italia, creyó reconocerlo de gondolero en Venecia.

Sarita, nos contó que últimamente había coincidido en la tienda con un hombre que se cubría la cara con el cuello y las solapas del abrigo. Recuerda que un día se percató de que sus solapas estaban manchadas de sangre. Una noche fuimos a cenar a casa de Lucía y la casualidad quiso que allí estuviera el inspector que llevaba el caso.

Al principio ni nos escuchó, hasta que mencionamos la sangre en las solapas del abrigo. Por lo visto, en la almohada con la que se cometió el crimen se encontraron restos de sangre que no eran de la víctima. Sarita pasó toda la tarde facilitando al policía los detalles que recordaba. Con ellos, elaboraron un retrato robot que distribuyeron por el barrio. Don Vicente, el farmacéutico, avisó a la policía de que un hombre de esas características había acudido a su farmacia a comprar medicinas para tratar un acné.

Tras un intensivo control, la policía localizó al sospechoso que fue detenido. El inspector consiguió que el asesino confesara su crimen. El homicida había vivido en el barrio. Hacia unos quince años compró en el comercio de Paqui un flan que estaba caducado. La reacción alérgica que sufrió le produjo unas terribles lesiones en el rostro que le ocasionaban unos picores irresistibles y un sangrado casi constante por el rascado.

El asesino había viajado a Venecia a la consulta de un famoso dermatólogo esperando solucionar su problema. Cuando intentaba aliviar su tristeza con un paseo en góndola, reconoció a Luis, el novio marinero de Paquita, quien le contó que en su negocio era habitual la venta de productos caducados. Esta noticia se convirtió en una obsesión para el criminal, que tomó la decisión de acabar con la vida de quién había destrozado la suya. Comenzó a enviarle anónimos amenazantes, que la policía había encontrado durante el registro de la casa de Paquita, hasta que decidió actuar.

 

 

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