Fin de curso para todos: el esfuerzo de educar

 

José Boza (Profesor de Diversificación de EEPP San

Acaba el curso. Repaso lentamente el aula en la que mis alumnos y yo hemos vivido juntos tantas cosas. Y me doy cuenta de que educar es, en primer lugar, una cuestión de tiempo: llenar el tiempo, dejar pasar el tiempo, utilizar el tiempo: el tiempo es material educativo con el que construir. Tiempo de estar con ellos, tiempo para pensar en ellos, tiempo para acompañar a cada uno de ellos. Desvivirse para que vivan. Hace falta tiempo para educar.

Miro despacio cada una de sus caras y trato de ver en ellas lo que durante estos meses han crecido. Quiénes eran cuando llegaron y quiénes son ahora. Y pienso que educar es, sobre todo, una forma distinta de mirar. No son las estrategias, ni las programaciones. La verdadera atención a lo diverso, a lo distinto, nace del amor y de la compasión de la mirada. Es la mirada que nace del corazón la que nos los desvela uno a uno haciéndonos padecer con ellos, sentir su propia circunstancia personal. Una forma de mirar que es lo más propio de la vocación educativa.

Repaso sus cuadernos, la pizarra tantas veces escrita y tantas borrada, los libros, los lápices gastados, los bolígrafos sin tinta, los folios, los exámenes, las fotocopias, los ejercicios... Y afirmo que educar es esfuerzo: trabajo, pensamiento, contenidos, análisis y síntesis, comprensión y expresión, memoria, ciencia. Exigencia intelectual. Tirar de ellos hacia arriba. Si no hay esa tensión hacia el conocimiento, no educamos.

Miro el aula y la veo llena de las palabras dichas, leídas, escritas durante el año. Miles, quizá millones, de palabras, de pequeños tesoros simbólicos que nos han permitido transmitir, intercambiar, crear, discutir, enlazar, imaginar, a veces confundir y tratar de aclarar. Palabras oscuras, pero llenas de resonancia y belleza; palabras duras, palabras rebeldes. Palabras compartidas por todos y palabras dichas en el secreto de la intimidad y la entrevista personal. Palabras que se las lleva el viento, pero también palabras que nos comprometen y nos anclan. Palabras gastadas y vacías, pero también palabras nuevas que amplían nuestro mundo al poder nombrarlo. Educar es también y, sobre todo, la palabra.

Un curso que termina, que he tenido el privilegio de vivir. A pesar de las leyes, a pesar de la crítica situación familiar, a pesar de la nefasta influencia mediática, a pesar de la muerte del sentido común, a pesar de la sociedad enferma en la que vivo... Tiempo, mirada, esfuerzo, palabra, educación, chavales... ¡Qué suerte tengo!

Con cariño, a Antonio, Berta, Casandra, Cristina, David, Erik, Joanna, Jesús, Raquel y Raúl.

 

 

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