Una vida atrás

 

Rita Royo Segarra, La Salle Montemolín

El sol que entraba por la ventana calentaba sus piernas, pero ella no lo sentía por el frío acumulado en la habitación. Ya ni eso sentía. Había pasado tanto tiempo desde el último sentimiento, que todo había cambiado en ella.

Siempre pensé que con el último suspiro de aquel viejo hombre su corazón había dejado de sentir. Había dejado atrás una vida, ya imposible de recuperar, amontonada bajo la soledad y la tristeza. Todo había dejado de existir para ella en aquel momento y nada era como antes.

Incluso su cuerpo ya no era lo que antes había sido. Sus piernas, aquellas que bailaban el mejor tango de la ciudad, flaqueaban a cada paso que daban. Su cintura, aquella que tantos habían deseado rodear, aquella que llamaba la atención por ser tan fina y esbelta, era ahora ancha y no quedaba en ella ni un rastro de esbeltez. Su espalda, aquella delicada superficie siempre morena, estaba ahora blanca y no había visto el sol desde hacía tiempo.

Sus labios antes eran carnosos y todos deseaban robarles un beso, sólo uno. Ahora no servían más que para dejar salir el aire de sus pulmones.

Sus ojos, antes azules y vivos, aquellos que cautivaban a más de uno, no eran ahora más que ventanas al exterior, que a veces no dejaban pasar la luz.

Desde luego que nada era lo mismo y que no iba a volver a serlo. Entonces, al pensarlo, la vida se le escapó en el aire. Todo se desvaneció, pero quedó un sentimiento. Ese que no sentía desde que él se había ido, había vuelto a nacer. Ese que perdura aunque pase el tiempo y la eternidad. Ese que algunos llaman amor, había vuelto a vivir en otro lugar.

 

 

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