Tiene un mensaje

 

Mercedes Costell Jaime (IES Ramón y Cajal)

No tiene Gramática, ni Academia, ni subvenciones, ni lingüistas que lo defiendan. Por no tener, no tiene nombre. Estamos hablando del lenguaje del móvil. Las críticas son continuas: la ausencia de vocales, la pobreza de signos, su poca expresividad y, sobre todo, su nefasta influencia sobre la escritura de los jóvenes.

Pero, ¿tienen fundamento estas acusaciones? De acuerdo, apenas aparecen vocales (únicamente las imprescindibles). Exactamente lo mismo que ocurre en el hebreo, el fenicio, el arameo y el árabe. Por no nombrar las respetadísimas siglas y abreviaturas. ¿Poca expresividad? ¿Pobreza de signos? Nada que ver con la realidad: utilizamos todos los signos del alfabeto, y todos los signos de puntuación. Y hemos inventado otros signos (combinando los anteriores) que nos permiten transmitir cualquier estado de ánimo. Por cierto, estos sí que tienen nombre: se llaman emoticonos, caritas o 'smileys'.

En cuanto a su mala influencia, admitamos que existen sospechas, pero no datos serios. Los jóvenes que escriben bien siguen escribiendo bien. Y los que no escriben bien agradecen un idioma con el que poder expresarse sin miedo a hacer el ridículo. Lo que nos lleva a otra verdad: el lenguaje del móvil no es el enemigo de la lengua escrita. De hecho, ha conseguido que escribiese gente que jamás lo habría intentado.

Este código no buscaba ser otra jerga ininteligible para los adultos, (lo que por cierto se pretende generación tras generación). Su propósito era ahorrar. Ahorrar dinero, tiempo y espacio; y lo ha logrado. No sólo eso: es abierto, creativo y, sobre todo, espontáneo. Surge casi sin pensar. Nadie lo enseña, nadie lo estudia, nadie impone normas. Y como no hay normas, tampoco hay errores (gran ventaja).

Por supuesto, si a alguien anónimo se le ocurre una buena solución lingüística, inmediatamente es aceptada. Y el contagio es muy rápido. Entendámonos, no se trata de una obligación; de hecho existen a la vez distintas propuestas. Por ejemplo, la palabra "adiós" admite, entre otras, estas variantes: ayos, ayios, allos, a2, dew...

Entre nosotros casi reconocemos los estilos personales. Al igual que sucede con la letra de cada uno, es muy difícil hacerse pasar por otra persona si ya te han "leído" varias veces. Todos somos creadores en este lenguaje.

Es extraño que nadie aprecie sus cualidades. En el Diccionario de la Real Academia Española se utilizan mensajes como este: ú.t.c.s.com. --supongo que todo el mundo lo entiende, ¿no?--.

Y la taquigrafía ha tenido entre sus numerosos admiradores a personajes tan respetados como Isaac Newton, Dostoiewsky, Víctor Hugo u Oswald Spengler. El propio Dante, en "La Divina Comedia", habló esperanzado de unas "lettere mozze che noteranno molto in parvo loco" (letras truncadas que anotarán mucho en poco espacio). ¡Qué parecido a nuestros SMS!

¿Por qué entonces tanta crítica a un lenguaje que ha conseguido lo que muchos buscaban? ¿No estará detrás la eterna desconfianza hacia los adolescentes? ¿No se ha temido siempre a cualquier mensaje nuevo?

No sabemos qué futuro le espera a este código tan polémico, pero deberíamos recordar cómo empezaron todas las lenguas de cultura: con un gran deseo de comunicarse y con todo el recelo del mundo.

Por cierto, "u.t.c.s.com." significa "úsase también como substantivo común". Evidentemente.

 

 

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