Agua que va y viene

 

Luz Gutiérrez Guillén, 3º D IES Ángel Sanz Briz

Apenas se distinguían las personas de las sombras entre la oscuridad y los primeros rayos rojizos de luz del amanecer, cuando la pequeña María acompañaba por primera vez a su madre al río a por agua. No se encontraban solas, iban acompañadas por algunas vecinas, que bajaban por las calles. Formaban grupos y hablaban sobre lo último acontecido en el pueblo.

María miraba con curiosidad cada cara, cada rincón, a pesar de conocerlos ya perfectamente. En sus seis años de vida conocía ya a todas las personas y lugares del pueblo, pero aquel día era especial. En cada mano portaba un botijo casi tan grande como su cuerpecito, pero no le costaba esfuerzo llevarlos pues estaban vacíos.

La caminata hasta la parte baja del pueblo se le hizo insignificante. Allí las mujeres comprobaron decepcionadas que, como las últimas semanas, la acequia estaba seca. Eso significaba tener que ir hasta el río. Ni siquiera se habían parado a comprobar el estado de la acequia, pues ya sabían lo que se iban a encontrar. Una vez en el río, se dirigieron a la hoz, por donde debería caer el agua por una pequeña cascada. Ese verano no había caído ni una gota, y por tanto, el río era simplemente tierra y ocasionales barrizales por su cauce.

María contemplaba cómo todas se colocaban pegadas a la pared de la hoz por donde caían unos finos chorros de agua que utilizaban para llenar sus cántaros, baldes y botijos. María seguía a su madre que le enseñó como llenar los botijos y cómo llevarlos de vuelta.

La vuelta a casa fue más lenta, no sólo porque el camino era cuesta arriba, sino porque cada mujer llevaba cinco recipientes repletos de agua. María sólo llevaba dos botijos que, aunque ahora le costaba más llevarlos, no era nada comparado con su madre, ésta acarreaba un botijo en la cabeza, dos más, uno debajo de cada brazo y otros dos, uno en cada mano.

La edad de las mujeres comprendía una extensa franja de edad, desde la pequeña María hasta sexagenarias. Para María aquel fue el primer día de ir a buscar agua. A partir de él, siempre acompañó a su madre antes de realizar las tareas de ambas.

En primavera y otoño, la tarea de ir a buscar agua era bastante más sencilla que en verano, pues raramente había sequía en esas épocas del año. Todas las mujeres del pueblo coincidían en algo: el invierno era la peor estación para hacerlo, pues tenían que tener cuidado de apoyar los recipientes en el suelo helado, ya que si los dejaban mucho rato, los culos de los botijos y tinajas se pegaban al suelo y era realmente difícil despegarlos sin romperlos.

La emoción se sentía en todo el pueblo. No era para menos, ¡se iban a inaugurar las fuentes del pueblo! Cuatro en total, una en cada una de las dos plazas y las otras restantes en las calles principales. Aunque todas las aguadoras estaban contentas, había una especialmente feliz, María. Cierto es que no le resultaba desagradable ir a por agua, pero su casa era de las más altas del pueblo y por tanto una de las más alejadas del río. Lo que más le molestaba era el tener que hacerlo antes que el resto de sus labores, que durante los diez años transcurridos desde el primer día que fue a por agua, habían aumentado considerablemente.

María se apiñó junto a todos sus vecinos alrededor de la fuente. El alcalde pronunció un discurso que nadie escuchó. María se decía "¿cómo va a salir agua de ese tubo?, alguien tendrá que llevarla...". Sus pensamientos quedaron ahogados en un grito de asombro colectivo. Desde aquel día ahorró la mitad del tiempo en la tarea.

Agua corriente en las casas. María casi no podía creérselo pero fue una sensación maravillosa ser ella quien girase el grifo y al instante, el agua manara..., quince años después de la instalación de las fuentes el progreso llegó a las casas.

María escuchó atenta al pregonero. Agua solo cuatro horas al día: dos por la mañana y otras dos por la tarde. "Maldita sequía", pensaba, a sus 60 años le entraron ganas de coger los botijos y bajarse al río, pero no hubiera servido de nada. Tiempo hacía ya que del río no caían los chorros y, por supuesto, no había agua en el cauce. Pensó en su madre y sonrió creyendo saber que diría: "Cuatro horas al día de agua en casa es un lujo". Pensaba en esto mientras acarreaba baldes y botijos por toda la casa, el acuífero que abastecía al pueblo se había secado como en tantos otros pueblos, tenían que traer agua al pueblo. ¡Qué ironía!, ¿qué pasará en el futuro?... "H2O"

Relato galardonado con el Primer Premio del 2º Ciclo en el IES Ángel Sanz Briz
 

 

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