Mi abuelo

 

Teresa Monteagudo, 4º ESO La Salle Montemolín

Ya casi no lo recuerdo. Era alto y delgado, con poco pelo y los ojos de color marrón. En ocasiones paro a mirar la foto de su boda, una pareja bonita; ella de blanco, él de traje oscuro y el pelo oscuro y engominado hacia atrás.

Nos fue dejando poco a poco, ausente y callado; aunque sus historias serán por siempre recordadas y resonarán en nuestros oídos con el eco cariñoso y amable del ángel que un día vivió entre nosotros.

Todos le recuerdan como alguien entregado y aplicado en todo lo que hacía, amante de su familia y de todo el mundo que pudiese conocer, religioso y querido. La mano amiga dispuesta a ayudar en todo momento. Todos le echan de menos y a veces parece dejarse notar como si todavía no hubiese vuelto del trabajo en el banco o del paseo entre los perales y las manzanas.

Cuando iba a verle, me llevaba a pasear al Pilar contándome las más hermosas historias, descubriéndome todos los recovecos de la Basílica. Sonreía al darme la mano y le gustaba llevarme a jugar al baloncesto, de hecho fue él quién me enseñó a lanzar. ¡Qué tiempos aquellos...! Miembro activo de Cáritas, pasaba mucho tiempo tratando de ayudar a quienes acudían allí, intentaba poner solución a sus problemas.

El tiempo ya hizo su cruel trabajo, pero él seguirá siempre en los corazones de todos los que le conocieron sin que importe la distancia ni las razas, todos le recordarán. Porque un vistazo a una noche estrellada lo traerá de nuevo a mi memoria como si su mirada cálida habitase por siempre en el cielo, entre los astros.

 

 

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