La Niebla

 

2º accésit de la 2ª categoría del XI Certamen de Relatos Cortos

Julia Pérez Ramos

Rumor de lluvia contra los cristales del viejo hospital, el viento golpeaba violentamente la abandonada estructura del edificio, que amenazaba con derrumbarse en cualquier instante. Se escuchaba el insistente parpadear de un fluorescente.

Unos pasos nerviosos interrumpieron la mortecina calma de sus pasillos, un hombre de baja estatura, enfundado en una larga gabardina color crema, caminaba con rapidez entre un laberinto de salas y corredores. Un reloj parado en su mano en el que podía leerse una inscripción en elegantes letras doradas: "totes fereixen, la última mata".

Se detuvo ante una puerta cerrada, alguien en su interior respiraba entrecortadamente. Miró su reloj con gesto sombrío durante unos instantes, lo oprimió con fuerza entre sus manos y sus manillas comenzaron a moverse lentamente para pararse unos segundos más tarde. "Otro más..."

Un café y un croissant en la cafetería del puerto habían llegado a leer sus únicos momentos de paz en aquellas últimas semanas. Miraba con gesto ausente, como las oscuras olas lamían el casco de los que antaño habían sido gloriosos navíos y ahora, abandonados, se balanceaban pesadamente entre destartalados carteles de "se vende", carcomidos ya por el tiempo y la sal.

Iba rememorando los trágicos sucesos de aquellos últimos días de invierno, mientras daba pequeños sorbos a su humeante café. Trece muertes, trece personas, trece vidas. Sus sueños, sus esperanzas, sus seres queridos….Todo se había acabado.En todos ellos una marca, la marca del mal. En los trece cadáveres se habían encontrado tatuados los símbolos de una luna y un reloj de arena, nadie sabía su significado.

Empezaba a amanecer, los primeros rayos de sol se asomaban tras e horizonte, tiñendo el cielo y el mar de tonos rojizos y anaranjados. El inspector se levantaba pesadamente de su mesa en el viejo café. >Veinte años y allí no había cambiado nada. Con las manos en los bolsillos se encaminó hacia la salida y, tras saludar brevemente al dueño, salió de la cafetería. Eran amigos desde la infancia, y lo seguían siendo. Era un buen hombre, dispuesto a dar la vida por la gente a la que amaba. Su sueño siempre había sido comprar el viejo local en el que trabajaba, propiedad de su tío y tres años atrás ese sueño se había cumplido. Su tío murió de una extraña enfermedad y él como única herencia recibió la cafetería y una pequeña cantidad de dinero, que guardaba en una caja de zapatos bajo el mostrador.
-Para mis hijos….- decía con una sonrisa.
Tenía cincuenta años y nunca había estado casado, pero creía fervientemente en que algún día tendría tres hijos, dos niños y una niña, que se encargarían de la cafetería y le cuidarían en su vejez. Pasaban noches enteras hablando de esos sueños, de sus esperanzas, del futuro, de sus problemas….Se llamaba Maurice Lacroix, su mejor amigo.

El inspector caminaba sin rumbo por las calles de Barcelona, sus pasos le llevaron al edificio de oficinas que tan bien conocía, acarició su pared marmórea, unos niños jugaban a la pelota en la acera de enfrente, les saludó con una sonrisa y entró en la portería. La oscuridad le cegó por un instante y cuando sus ojos se acostumbraron a la falta de luz miró el correo con desgana, facturas. Con un suspiro comenzó a subir las escaleras, el ascensor había vuelto a estropearse. Entró en su despacho, colgó la gabardina en un pequeño armario atiborrado de recuerdos y se hundió en su sillón, cerró los ojos y se masajeó las sienes, llevaba varias noches sin dormir, con un bostezo se incorporó y se asomó al balcón, allí pasaba horas viendo amanecer la ciudad, sus gentes... El tráfico fluía lento aquella mañana, encendió un cigarro y se dedicó a ver como el humo se elevaba por entre los edificios...

Se despertó de un sueño intranquilo, se había quedado dormido en el pequeño sofá de su despacho, la ventana estaba abierta y los papeles volaban por la oficina. Otro sueño, otra pesadilla, esta vez se encontraba en el puerto, tres niños jugaban en un almacén abandonado, él se acercaba y la campana de una iglesia cercana comenzaba a sonar, doce campanadas, los niños habían desaparecido y en su lugar los símbolos de una luna y un reloj de arena grabados en el suelo.

Empezaba a anochecer, los últimos rayos de sol se desvanecían tras el horizonte, dejando paso a la oscuridad de la noche, que iba cubriendo lentamente la ciudad de Barcelona.

Un dolor punzante en su pierna derecha le había despertado. Su tobillo ardía, ahogando un grito se levantó el pantalón y, sin respiración, vio impresos los símbolos de una luna y de un reloj de arena sobre su piel. Era la próxima victima y moriría la noche siguiente, a las doce, en el almacén del puerto. Su cita con la muerte se acercaba. No conseguía moverse. Respiró profundamente y aguantando el dolor se acercaba. No conseguía moverse.Respiró profundamente y aguantando el dolor se levantó del sofá, cogió su gabardina y se dirigió al único sitio donde sabía que podría encontrar a alguien a quien confiar, la cafetería del puerto. Cuando llegó a la puerta del viejo café ya eran noche cerrada y la luna se erguía brillante en el firmamento.

Maurice abrió a su mejor amigo que entró con gesto sombrío en la cafetería:
- Tienes mala cara amigo, ven- dijo dirigiéndose a la barra -te pondré una copa.
Hablaron hasta el amanecer, el inspector contó a su mejor amigo lo que había estado escondiendo durante semanas al resto del mundo. Como había encontrado el reloj tendido en la arena, sus extrañas pesadillas, las muertes y finalmente, el tatuaje en su tobillo que predecía su muerte inminente. Maurice escuchaba atentamente el relato de su amigo con el ceño fruncido y la mirada perdida en algún lugar del puerto. Solo en un momento, cuando el inspector habló de los símbolos en los cadáveres le miró fijamente y una sonrisa torcida se dibujó en sus labios. Pero si el inspector concentrado en su relato no pareció darse cuenta. Bebieron en silencio hasta que sus vasos quedaron vacíos.

A la noche siguiente irían juntos al almacén del puerto, el inspector sabía que no tendría la fuerza suficiente como para enfrentarse solo a la muerte. Se sentaba en un banco frente al mar viendo las gaviotas alejarse. Una extraña bruma cubría lentamente la ciudad.

A las once de la noche la densa niebla se había apoderado ya de toda Barcelona. EL inspector Sullivan esperaba a su amigo frente a la playa donde tres niños jugaban entre las olas. Los minutos pasaban y su amigo no aparecía, escuchaba atento el sonido del mar. El vaivén de las olas lo adormilaba, pasaba el tiempo y el inspector entró en un profundo sueño. Le despertaron doce campanadas, los niños pararon de jugar y miraron al inspector durante unos instantes antes de desaparecer entre la bruma. No había rastro de Maurice. EL inspector desconcertado, sacó su reloj de mano, sus manillas empezaron a moverse. No entendía lo que estaba sucediendo. Tenía que morir en el almacén. Volvió a pararse. Se dirigió al almacén instintivamente. Algo no estaba saliendo bien. Llegó al almacén y entonces entendió lo que había sucedido.

Alguien había muerto en su lugar Su mejor amigo yacía inerte en el suelo, los símbolos de una luna y un reloj de arena grabados en su cuello y una carta entre sus manos. La cogió y la leyó en silencio, salió del almacén. Respiró profundamente, la brisa marina acarició su rostro. El tatuaje había desparecido. Miró el mar por Última vez. Y desapareció entre la niebla. "Otro más"...

 

 

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