La huida

 

Relato ganador de la primera categoría del XI Certamen de Relatos Cortos de El Periódico del Estudiante

Luis Antonio Obis Aparicio

Faltaban cinco minutos para las ocho y allí estaba el tren que les llevaría a una nueva vida. Subieron con dificultad los tres escalones del vagón 113.

Las agujas del reloj marcaban las ocho menos cinco. La gente empujaba y corría hacia el andén. los porteadores sudaban y se esmeraban en llevar con cuidado los equipajes de los más rico. Los floristas y demás vendedores gritaban y anunciaban sus productos. Los niños estaban nerviosos y reían antes de iniciar el viaje. Las madres cogían con fuerza la mano de sus hijos ante la multitud. Los jefes de estación anunciaban con sus altavoces la inminente salida de los trenes. Los maquinistas apuraban sus cigarrillos antes de volver a subir a sus queridas locomotoras.

Frank llevaba a su hijo pequeño en brazos y su esposa Anne sujetaba a los gemelos de la mano. Faltaban cinco minutos para las ocho y allí estaba el tren que les llevaría a una nueva vida. Subieron con dificultad los tres escalones del vagón 113. Revisaron con sigilo el compartimento y recorrieron el vagón hasta encontrarlo. Entraron y se acomodaron en sus cinco asientos sin apenas pronunciar palabra.

El tren comenzó su marcha lentamente y algunas personas corrían para no perderlo. Olga consiguió agarrarse de un pasador y subir con sus pocas pertenencias. No tenía billete. No tenía ya casi nada. lo había perdido todo en aquellos calabozos de la comisaría central. Aquella era su última esperanza de huir de aquel infierno. Caminó por el vagón durante largo tiempo. No quedaban asientos. pasó ante el compartimento número 5 y vio que había tres asientos libres. Abrió la puerta y se acomodó en silencio. Entonces sus miradas se cruzaron. Allí estaba. Era el oficial que la había interrogado en los calabozos. Allí estaba con su mujer y sus tres hijos. Parecía alguien normal, con su familia, con sus libros...

Sintió el miedo. Sintió el miedo y el pánico. Se relajó como pudo y no se movió durante bastante minutos. Sin casi poder pensar, presa del horror vivido, se mantuvo casi paralizada. de repente, Anne, la esposa, le ofreció unas galletas muy amablemente. Ella no podía creerlo. Dudó unos segundos y aceptó con nerviosismo. Los niños le sonreían y reían entre las migas. Anne comenzó a hablarle y ella se quedó paralizada. No podía creerlo. Él miraba por la ventana, concentrado en el paisaje. Allí estab la muchacha a la que sometió al más duro interrogatorio. Alí estaba comiendo galletas con su esposa e hijos. Mantuvo la calma con frialdad, aunque empezó a sudar de forma notoria.

El tren entró en un larguísimo túnel y todo se hizo oscuro. los niños gritaban y se reían a la vez. Anne les pedía calma. Frank seguía sin hablar. Aquella oscuridad y aquel túnel se parecían a su vida anterior. El tiempo parecía detenerse y prolongarse. Es como si se hubiera apagado la luz eternamente.

Al fin, el tren salió del túnel y volvió la luz. Anne, nerviosa, comprobó que los niños seguían en sus asientos. Frank giró la cabeza y comprobó que el asiento de olga estaba vacío. Anne se asustó y pensó que había que avisar al revisor. Frank le miró, le cogió la mano para retenerla y comenzó a contarles un cuento a los niños...

 

 

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