Tormento de una esvástica

 

Irene Montero Jordán, MM Escolapias Calasanz

Con un golpe sordo el cuerpo de la joven judía cayó al suelo. Su última visión: la de un hombre moreno de ojos verdes y una pistola humeante en la mano. En su uniforme destacaba la esvástica propia de los nazis.

Albert Holt era un anciano de porte imponente. En la residencia de ancianos donde vivía se le sabía respetuoso e independiente. Aquella noche se despertó sudando, desde hacía semanas tenía el mismo sueño en el que mataba gente con una estrella cosida a la ropa. Al abrir los ojos todo se le presentaba borroso, todo excepto aquel brazalete rojo con aspas negras que aún conservaba.

Se había obligado a sí mismo a olvidar lo que había hecho en el pasado, pero nunca había olvidado a aquella joven a la que había asesinado hacía ya cincuenta años. Era hermosa, pero su mirada suplicante aún le atormentaba. Pensó que debía olvidarla, porque no iba a volver del más allá para asesinarle. Se rió ante semejante tontería.

Bajó a desayunar, le encantaba aquel lugar, y la comida era increíble. A las once fue al salón a jugar a las cartas como todos los días, tras perder cuatro partidas se dirigió a su habitación para descansar. Era viejo y lo notaba.

Cuando entró al ascensor notó algo extraño, como una presencia, pero no creía en todo eso de los espíritus y las apariciones, así que presionó el botón y subió.

Esa noche fue igual que las anteriores, pero algo en el sueño había cambiado, ya no lo vivía en primera persona, sino que ahora se espiaba a si mismo desde unos arbustos. Recordaba aquel uniforme verde que se manchaba de sangre cada día, y aquella pistola que tanto había apreciado. Al suicidarse Hitler había embalado todo y lo había arrojado al Danubio para que se lo llevase la corriente.

Ese día fue mejor para Albert, sólo perdió una de las seis partidas de cartas. Era sábado, el día ñeque Andrea, una de las cuidadoras, iba a la residencia. Le caía muy bien esa chica, era atenta con él y siempre le regalaba una sonrisa. Nada mas verla le pidió una revista para entretenerse, a los dos minutos la tenía en las manos. Cuando la abrió no podía creerlo, era un especial acerca de la época nazi, fotos y fotos de cadáveres mutilados y tirados por las calles, imágenes que no reflejaban mas que el ego y el salvajismo de los generales alemanes. Recordó sus antiguas dudas, a veces pensaba que lo que hacían no tenía sentido, que todo era capricho de un hombre rico que quería dominar el mundo. Ya no podía soportar esa culpa. No estaba orgulloso de lo que había hecho.

Andrea fue la primera en llegar. El grito se escuchó por toda la residencia. Pasos apresurados comenzaron a escucharse. En el suelo, un hombre moreno de ojos verdes y una pistola humeante en la mano. Llevaba un brazalete rojo con aspas negras. Estaba muerto. Sonreía.

 

 

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