El peso de la fama

 

Algunos famosos se quejan del precio que pagan por su popularidad

Ruth Mayayo (Periódico del Estudiante)

Fama. Es una palabra por la que mucha gente se deja la piel. La popularidad gusta al principio, o eso dicen quienes la disfrutan, pero puede convertirse en una auténtica pesadilla cuando interfiere en la vida normal hasta el punto de impedir a una persona salir a la calle por el asedio de las cámaras o la persecución constante de sus fans. Uno de los casos más extremos de la actualidad es el de Angelina Jolie y Brad Pit, que siempre aparecen rodeados de una nube de reporteros. Todo lo que hacen es noticia, por lo que para criar a sus hijos han elegido una finca gigantesca, totalmente vallada, protegida y vigilada, con el único fin de ganar un poco de intimidad. Casos similares viven Tom Cruise y Katie Holmes, o David y Victoria Beckham. Son ricos y poderosos, pero ellos y sus hijos viven confinados en jaulas de oro porque no pueden salir al parque a jugar o irse al cine como los demás niños.

Este encierro al que se someten voluntariamente hace que cada una de sus apariciones públicas se convierta en un espectáculo. Y se lleve a portada de las revistas una foto de Katie Holmes con su hija Suri de compras por la ciudad, o la rápida entrada en un hotel de los Pit-Jolie, con toda su prole. Las extravagancias llegan solas. A veces, para protegerse, y otras, para exhibirse, porque parece que esto de la fama es un toma y daca. A veces huyo, a veces me dejo ver.

Madonna sabe manejar muy bien los medios, por algo es la reina. Junto a ella, la excentricidad por excelencia la ha encarnado el desaparecido Michael Jackson. De niño prodigio a rey absoluto del pop. El camino no fue demasiado largo porque su talento brilló enseguida. Pero el peaje que tuvo que pagar fue demasiado alto. Acabó viviendo recluido, concertando un matrimonio de conveniencia para tener hijos, de los que ahora se dice que ni siquiera es el padre biológico. Y hasta se vio envuelto en un juicio de abusos a menores que dejó su reputación tocada para siempre. Sus apariciones públicas despertaban el interés en todo el planeta. Primero, por las mascarillas a las que nos fue acostumbrando. Y, después, por las sorpresas que deparaban. Su imagen en un hotel, asomando por la ventana con uno de sus hijos (todavía bebé) en brazos causó el pánico de todos los presentes. La secuencia dio la vuelta al mundo. A eso se suma el hecho de cuando murió estaba irreconocible. Era otra persona diferente del Michael niño que todo el mundo adoraba. Las operaciones le dieron un nuevo rostro, pero al final parecía más una caricatura de sí mismo que un ser humano.

DISEÑAR LA PROPIA IMAGEN

Y es que la cirugía estética es uno de los conceptos más ligados al mundo de la fama. Especialmente, entre las mujeres, que sufren la tiranía de la imagen perfecta y de la eterna juventud y luchan por intentar alcanzarla a golpe de bisturí, bótox y gimnasio. Hay estrellas que se han hecho a sí mismas antes de ser famosas, como Elsa Pataki, que moldeó su rostro y su cuerpo hasta lucir su imagen actual. Otras, siendo ya famosas, se han ido retocando para mantenerse bellas o para corregir algunos defectillos: Angelina Jolie, Demi Moore, Sharon Stone, Nicole Kidman, Melanie Griffith... Incluso la princesa Letizia.

Pero el peso de la fama también es capaz de inclinar la balanza hacia el lado contrario, el de la autodestrucción y el desfase. En este apartado, sobre todo, hay jóvenes estrellas, como Britney Spears, Mischa Burton, Lindsay Lohan o Winona Ryder, que se han visto transformadas y deterioradas por los abusos de drogas, alcohol y sustancias varias. Algunas han llegado a ser detenidas por conducir ebrias o por robar en tiendas. Han tocado fondo y han pisado los infiernos. Ahí está el ejemplo permanente de Amy Winehouse, quien, con un talento increíble para cantar, se sigue arrastrando a los pies de las drogas una y otra vez.

En el extremo opuesto, nombres como el de Rosa López y Susan Boyle despiertan la admiración del público por sus dotes extraordinarias para el canto y su imagen tosca y alejada de los cánones de la moda. Ambas se dieron a conocer en programas de televisión que buscaban talentos ocultos. Enseguida contaron con el favor de los espectadores. Y las productoras se encargaron de convertirlas en estrellas. Para ello, las sometieron a un cambio absoluto de imagen. A ambas les costó asimilar su fama y pasaron por una etapa de retiro. Rosa se quedó sin voz por un tiempo. Ahora lleva una carrera más sosegada. Y Boyle fue ingresada en una clínica. Recientemente, la inglesa ha vuelto con ganas. Acaba de hacer un posado y prepara un disco, pero la presión es mucha. Veremos cuánto aguanta.

 

 

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