5 metros

 

Sofía Sarsa Gil, Escolapias Calasanz

Un poco menos, quizás. Bajó la mirada. Sus pies, como los de una niña avergonzada, estaban girados hacia el interior de sus piernas.

No podía evitar oír el latido impaciente de su corazón.

En el último intento alzó la vista y contempló el lugar donde se hallaba. Un desierto. Un vasto desierto que se extendía a sus espalda y que acababa con toda esperanza de encontrar salvación. Y frente a sus ojos, vacío.

Mientras, calculaba su caída, susurrando en silencio. Le pareció ver algo a su lado.

Un sillón rojo. Sí, probablemente idéntico a aquel que tenía en su casa. Sillón en el que, probablemente, hubiera escondidos besos, abrazos, caricias. Levantó el cojín. Sí, allí estaban todos, tal y como ella los dejó.

Al lado del sillón, una mesita de poca altura. Y encima, una bufanda. La cogió y dejó pasar algunos flecos entre las yemas de sus dedos. La agarró con fuerza y se la acercó a la cara. Respiró hondo. ¿Caramelo, quizás? No, café. Pero no cualquier café, a juzgar por las lágrimas que caían por sus mejillas.

Se dio la vuelta y miró de nuevo hacia el precipicio. Una lágrima cayó al vacío. Pasados unos segundos, la oyó chocarse contra el suelo. Cerró los ojos.

Alguien la llamaba. Se giró y lo vio corriendo hacia ella. Se dejó caer en sus brazos, llorando. Tras un abrazo que duró varios besos, miró de nuevo sus pies. Descalzos, mientras finas hojas de hierba se metían entre sus dedos.

A sus espaldas, montañas y un río. Y allí, frente a sus ojos, largas praderas llenas de amapolas.

 

 

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