Diario de un viaje contra el olvido

 

Nunca se nos olvidarán las escaleras de Mauthausen, un camino hacia la muerte

Clara Asín, 2º Bachillerato IES Monegros

El 7 de mayo comenzaba nuestra aventura rumbo a Mathausen, un campo de exterminio nazi. Entramos al aeropuerto y conocimos al primer deportado que nos iba a acompañar en este viaje, Juan Camacho, que había venido desde Uruguay. Al llegar, un autobús nos llevó al Campo de Mathaussen, a 20 km de Linz, donde estaba nuestro albergue. El campo era gris, de cemento y ladrillo.

Esteban Pérez, otro deportado, nos contó su historia mientras nos guiaba por el campo. Sus ojos no aguantaban las lágrimas ante el recuerdo de tanto sufrimiento. "¡No hicimos nada! ¡Sólo luchamos por la libertad!", dijo a la entrada. Desde el Russen Lager hasta las cámaras de gas, recorrimos todo el campo. Para finalizar, fuimos a visitar las famosas escaleras hechas por los españoles republicanos y, por desgracia, manchadas con su sangre. También vimos la cantera, donde fueron explotados miles de prisioneros. Ahí todos los participantes hicimos un homenaje encendiendo velas y leyendo el juramento de los deportados. Nunca se nos olvidará esa imagen de las escaleras, interminables, un camino a la muerte.

VIERNES, DÍA 8

El viernes por la mañana fuimos a visitar el Castillo de Hartheim, centro de eutanasia, donde fueron asesinados más de 275.000 disminuidos psíquicos y físicos. Ahí murieron 409 españoles, se les practicaban experimentos y sufrían torturas y calamidades, fue un centro de muerte, tortura y exterminio. Conmemoramos a todas las víctimas en la fosa común y derramamos tierra monegrina que habíamos traído para depositarla en todos los sitios donde hiciéramos un homenaje. Un acto muy emotivo fue el de un compañero de Caspe, Rubén Sanz, que interpretó y compuso un rap para los tres deportados: Juan, José y Esteban. Actualmente, al lado del Castillo de Hartheim, hay un centro de rehabilitación para las personas disminuidas psíquicas y físicas.

Ese mismo día nos desplazamos a Gusen, campo anexo a Mauthausen, donde murieron la mayoría de los republicanos españoles (se calcula en casi 10.000 los españoles muertos en campos de concentración y de ellos unos 1.000 aragoneses). En enero de 1941, los campos de Gusen y Mauthausen se convirtieron en los únicos campos de categoría III (campos de no retorno) de forma que quien era enviado a ellos le esperaba la muerte como único destino. Allí depositamos una placa en recuerdo a todos los monegrinos. Después, nos dirigimos a la estación de trenes de Mathaussen, donde tantas víctimas llegaron sin saber el infierno y el horror que les esperaba.

Esa misma noche tuvimos un encuentro con uno de los tres supervivientes que nos han acompañado durante todo el viaje: José Alcubierre Pérez. Su familia emigró desde Tardienta hasta Barcelona, donde les sorprendió la Guerra Civil. En Angulema (Francia) les alcanzó la invasión nazi y fueron deportados a Mauthausen. En el documental El convoy de los 927, José Alcubierre narra con emoción la experiencia en aquel transporte, que fue el primer convoy con población civil. Llegaron a Mauthausen el 24 de agosto de 1940. A su padre, Miguel Alcubierre Panzano, le dieron el n° 4.218 y a José, el n° 4.100. Su padre fue asesinado en Gusen. José trabajó en un comando exterior al campo, los llamaban los Puchacas. Este grupo de jóvenes tuvo gran importancia en la resistencia. José y sus compañeros ayudaron a esconder las famosas fotografía de Francisco Boix, que luego sirvieron de pruebas en los juicios de Nuremberg. Durante el viaje, José cumplió 85 años, y nosotras, como buenas monegrinas, le cantamos una jota. Se emocionó mucho y se la dedicó a su padre.

SÁBADO 9

El sábado por la mañana fuimos a Ebenssee, campo dependiente de Mathaussen. Ahí los deportados eran explotados trabajando en minas y cuevas donde hacían armamento bélico.

DOMINGO 10

Llegamos a Mathaussen, a las 10 de la mañana, el día del aniversario de la liberación del campo. Hicimos nuestro homenaje en el monumento español. Recordamos a Mariano Constante, paisano de Capdesaso, que no nos podía acompañar, porque está enfermo. Depositamos tierra y Olga tocó el violín. Cruz puso la placa con todos los nombres de los monegrinos y una foto de su tío.

Quiero agradecer a Cruz el habernos enseñado esta lección que nunca vamos a olvidar; a las personas que nos acompañaron su testimonio: ¡Esteban, Juan, José!, no lo vamos a olvidar; a Angelita Andrada, por hacer llorar mi corazón a cada paso por esas tierras. Quiero que sepáis que esta historia es cierta y verdadera como la sangre que derramaron nuestros paisanos. Que sepamos a dónde llevan los fascismos, los extremismos y el odio, que no se olvide el horror vivido.

 

 

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