En silencio

 

Andrea Álvarez, 4º ESO IES Ítaca

Caminaba en silencio por las estrechas e intrincadas callejas que componían el pequeño pueblo. Todo era nuevo para mí en aquel lugar y me sorprendí de cuán equivocada estaba al pensar que aquel paseo iba a ser una pérdida de tiempo.

Continué avanzando hasta llegar al final del camino y ver las dos posibles opciones que tenía para seguir. La primera era dirigirme hacia mi izquierda. Seguramente encontraría casas de aspecto rústico, con grandes verjas pobladas de todos los colores y tamaños.

Puede incluso que hasta algún paseante con la misma intención que yo. Si por el contrario prefería irme hacia la derecha, me encontraría al lado del gran faro que había situado en lo alto del acantilado.

Me decidí por la segunda opción. Al llegar allí, el viento salado y fresco me hizo cerrar los ojos para disfrutar mejor de aquella sensación de bienestar absoluto.

Sentía la caricia de cada soplo y me convertí en una mera estatua mecida por la brisa marina. No existía nada más en aquel momento; nada habría cambiado ya que era perfecto. Abrí la mochila que traía conmigo y extendí la toalla sobre el suelo. Acostada sobre ella, observaba el cielo; claro y brillante, como cientos de ventanas luminosas mirándome desde las alturas.

Sin embargo, había una que eclipsaba su belleza. Desafiando al resto de luces, la luna despedía un halo misterioso y hermoso que hacía quedarse mirando estupefactos su intenso fulgor.

En ese instante, rápida y tímida, una estrella fugaz cruzó la noche dejando tras de si una estela de colores cálidos. Me sobresalté y miré atónita hacia el firmamento, pero no conseguí divisar otra igual.

Cerré los ojos con fuerza y pensé en mi deseo. Realmente no deseaba nada, ya que tenía todo lo que había querido. Pero de pronto descubrí que sí me habría gustado algo. Entorné los ojos y susurré: Deseo volver el año que viene al faro y contemplar aquí las estrellas. Acto seguido me levanté, doblé y recogí la toalla y me dirigí hacia la calle por la que había venido.

Antes de perder de vista el mar me giré, sonreí y le dediqué unos segundos a plasmar en mi memoria una foto nítida y fiel de aquel paisaje.

De camino a casa me descubrí contando los días que faltaban para regresar y pensé que desde aquella noche, todos los días soñaría con el mar iluminado por la luz de la luna.

 

 

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