El camino al Más Allá

 

Las culturas y sociedades giran en torno a su concepción de la muerte y el culto a sus difuntos

José Lacruz (Periódico del Estudiante)

Halloween, Día de Muertos o Todos los Santos. Cada cultura celebra en la noche del 31 de octubre y los días 1 y 2 de noviembre su fiesta en honor de los difuntos. Los festejos son diferentes, pero no incompatibles. De hecho, la tradición anglosajona de disfrazarse en este cambio de mes, año tras año, gana más adeptos en nuestro país. Sea como fuere, lo que demuestra es el mantenimiento de las tradiciones en relación con la muerte, ya que en torno a ésta giran las sociedades desde el inicio de los tiempos. Siempre han estado presentes conceptos como el Final de la vida, el Tránsito, una Nueva Etapa, el Más Allá, el Infierno o el Cielo...


Todas las culturas han plasmado sus creencias en los funerales de sus difuntos. Así se puede ver ya en las últimas etapas de la Prehistoria, con la construcciones de tumbas como el dolmen --piedras clavadas en la tierra de forma vertical y con una encima, a modo de mesa--. Allí se daba entierro a los miembros de los grupos, separando con cuidado los huesos de unos y otros. El ser humano no había desarrollado todavía la escritura, como en el caso mesopotámico o egipcio.


Estos últimos han sido los más famosos a la hora de tratar a sus difuntos, con grandes estructuras arquitectónicas para honrar a sus faraones: las pirámides. Las técnicas, rituales y creencias fueron evolucionando con el paso de los tiempos y, todavía hoy, existen algunas incógnitas --y diferentes teorías-- sobre sus funerales. Se sabe que los antiguos egipcios enterraban en un principio a sus muertos en posición fetal, con algunos enseres y cubiertos con pieles de cabra. Creían que el alma viajaba al Mas Allá, para cuyo tránsito era necesario un cuerpo y sus enseres. Así, los más nobles y ricos, como los faraones, encargaban su momificación, un largo proceso de unos 70 días de duración en el que se extraían los órganos del cuerpo --excepto el corazón--, se vendaba, desecaba y embalsamaba. El colofón eran los templos y pirámides, donde entre el ajuar, sarcófagos y dependencias también había hueco para salas donde llevar ofrendas.


Otro monumental complejo funerario se encontró en China. En 1974, un campesino encontró, mientras excavaba, la figura de un guerrero de terracota. Era el primero del los 7.000 Guerreros de Xian --a tamaño natural-- que 'guardaban' la tumba del primer emperador: Qin Shi Huangdi, que gobernó sobre el 1.100 a.C. La macroestructura todavía no ha sido descubierta del todo y los trabajos arqueológicos siguen en marcha. La leyenda cuenta que el cuerpo del emperador fue llevado a un majestuoso palacio, que fue enterrado y cubierto de vegetación, simulando un túmulo.


Fuera de las suntuosidades de grandes emperadores y faraones, los griegos tenían tradiciones más cercanas a las de nuestros días. Para los helenos, era imprescindible enterrar a los muertos, ya que si sus almas no recibían rito ni sepultura terminaban vagando y persiguiendo a sus familiares. De hecho, los espíritus de los antepasados debían recibir culto periódicamente. Tras la defunción de una persona, su cuerpo era llevado al cementerio por una comitiva compuesta por familiares y amigos. Existía la sepultura --muchas veces con sarcófagos de mármol-- y la cremación --las cenizas eran depositadas en una urna--. Los entierros también incluían enseres de la persona y los nobles levantaban pequeños templos con inscripciones recordando al fallecido.


Se perfilaban así, poco a poco, las tradiciones que hoy en día se realizan para honrar a los muertos. Las distintas religiones han ido incluyendo sus características, pero la esencia y honra de los difuntos sigue un mismo leiv motiv en todas las culturas.

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