Paisajes

 

IES Ítaca

En cualquier época del año, sólo con abandonar el vehículo en un ensanchamiento de la carretera y adentrarte en una dirección indeterminada, sentirás que la primera impresión es de grandeza. Hay que pararse, respirar, hacer visera con la mano y otear el ancho horizonte en los cuatro puntos cardinales. Veremos paisajes repetidos multitud de veces, todos distintos y muy parecidos y, sobre todo... ¡Silencio! Estas tierras secas y polvorientas, a veces verdes, y siempre equívocas, atrapan porque guardan el tomillo, el romero y el espliego, que perfuma valles, barrancos, planas y cabezos, y una variada flora y fauna anclada en ruinas ancestrales: cierzo persistente, aguas desaforadas, pertinaz sequía e implacable sol...

En estas condiciones, cientos de especies, fieles a su origen, siguen cada año dejando constancia del arraigo, deslumbrando al caminante que las ha descubierto junto a un destello de luz en las blancas piedras; un sendero primaveral con miles de margaritas y amapolas; en un campo dorado por el sol; en las lagunas secas y blancas en verano, plagadas de vida con las otoñales lluvias. Paisajes rojizos con largas sombras al atardecer, telas de araña con gotas de rocío en las primeras luces.

Sólo hay que mirar y pasear para descubrir la carrera de un conejo importunado; algún zorro a lo lejos; la orgullosa perdiz erguida, indiferente, que inicia un desfile rápido antes de emprender el vuelo precedido del silbido que producen las alas.

Todo esto a simple vista. Lo tenemos en la puerta de casa. Son las estepas del Valle del Ebro. No sólo las playas y acantilados son bonitos. ¿Te lo vas a perder?

 

 

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