Épona y la caída de Segeda

 

Elisa Pina Hernando, Zaragoza

El acero de las espadas rugía cuando éstas chocaban, gritos de entre los hombres surgían como si fueran potentes hechizos con los que pudiesen resistir mejor ante sus invasores. Dentro de los muros de Segeda todo era distinto, el silencio caía como una losa de piedra sobre las almas de mujeres y niños que allí aguardaban a que terminase la pesadilla.
Cuando cayó la noche, todo se sumió en el más absoluto silencio y comenzó la tregua. El rey y sus consejeros se congregaron, la situación era crítica, hacía meses que los romanos habían comenzado a luchar contra Segeda y todavía no se vislumbraba un claro vencedor, pero Segeda empezaba a debilitarse. Se consultó al guerrero Setenta, que propuso al rey un plan.
Aquella misma noche se llevó a cabo. El gran guerrero y un grupo de doce hombres salieron de incógnito y, tras abatir a unos soldados romanos, se disfrazaron con sus vestimentas y se dispusieron a infiltrarse en el ejército enemigo.
Pero, los romanos los descubrieron uno a uno, y le llegó el turno a Setenta.
--Puede que nos sea útil, su pueblo tiene caballos y nosotros no, cambiaremos su cabeza por trece caballos--, dijeron.
Lo primero que sintió al despertarse fue frío; lo segundo, dolor; y lo tercero... Una joven romana se hallaba delante de él, le estaba limpiando la cara de restos de sangre, intentó moverse, estaba atado con cadenas a unas barras de madera. El intercambio no se había llevado a cabo.
--¿Qui... quién eres?--
-- Soy Cornelia, la hija del general romano Lentulus--.
A medida que se le aclaraba la vista, pudo apreciar mejor los rasgos de la mujer. A pesar de su belleza, estaba escuálida, además vestía una túnica entre azul y verde, demasiado sencilla para ser la hija de un noble.
--No pareces romana, a simple vista cualquiera diría que eres del norte--.
--Lentulus me adoptó cuando era pequeña, mi padre era un esclavo del norte y mi madre era celta como tú, se llamaba Épona--.
--¡Épona!, como la diosa de los caballos--.
Todas las noches Cornelia iba a verle para curarle sus heridas y darle la única ración de comida que recibía en toda una jornada. Una noche, ella trajo algo más. Un caballo blanco, hermoso y elegante, de crines negras.
--¿Te gusta?--
--Es hermoso, en mi pueblo un caballo es algo más que un animal de carreta. En todos los relatos aparecía el caballo. ¿Nunca has tenido esa sensación de libertad al cabalgar sobre uno? ¿Qué nombre le vas a poner?
--Épona, como mi madre y la diosa, es hembra--.
Un ruido los interrumpió, y por la puerta entró Lentulus seguido de sus súbditos.
--¿Cómo has podido Cornelia? Recibirás un castigo ejemplar por traición al verte con un prisionero en pleno asedio. Lleváosla--.
--¿Por qué lo has hecho? ¿Acaso ella no es tu hija?--
--Inepto, ella nunca fue mi hija, tan solo la adopté de pequeña por su belleza y por la de su madre, que ya murió hace mucho tiempo. Gracias a ti he encontrado la excusa para quitarla del medio. Mañana morirás con ella, tu ciudad caerá dentro de poco y quiero que lo veas--.
Cuando la vio atada como estaba con crueles grilletes, un profundo dolor llenó su corazón, más dañino incluso que el que le habían estado infligiendo a él. Los ojos de ella ya no brillaban, su sonrisa estaba apagada al igual que su piel, manchada con horrendas marcas moradas. A su lado, ya no estaba su dulce y blanco caballo.
La libertad de la que hablaba ya no existía.
Un relámpago de ira le inundó por completo y se lanzó ante los captores de Cornelia, los derribó, y la arrastró con él a través del asentamiento, buscando desesperado una salida. Cuando creía que todo había acabado, ¡allí estaba!, el hermoso caballo de Cornelia. Sin dudarlo un instante, ayudó a la exhausta Cornelia a subir y montó tras ella, ni siquiera sabía de dónde había sacado tantas fuerzas. Cabalgaron.
Aquella noche Segeda cedió ante los romanos. Desde una alta colina, los dos amantes pudieron ver cómo ardía con la esperanza de que algún día pudiera resurgir de sus cenizas.

 

 

foto

 

» Subir
» Imprimir página
» Más noticias de Rincón Literario

 

 
Contacto | Aviso Legal | Inicio

Desarrollado por DiCom Medios, S.L.
© Prensa Diaria Aragonesa

Ibercaja Gobierno de Aragón