Una alumna lobo

 

Susana Beatriz Montesinos Torres, IES Francés de Aranda

Estaba en clase, en un día lluvioso, con las luces del aula apagadas. Pero aún así se veía bien. Aquel aspecto era desapacible, pero me sentía bien porque era el último día antes del puente de mayo.

De repente, cayó un trueno y la poca iluminación que salía del exterior se apagó. Negro total. Confieso que no soy una chica fácil de asustar, incluso me he metido en panteones con mi padre, que es funerario, pero en aquella ocasión pasé verdadero miedo.

No se veía nada, y daba la impresión de que en algún momento podría salir algún zombi o alguna bestia parecida de algún pasillo, y todos corrimos hacia la escalera intentando palpar la pared para orientarnos de cuánto faltaba para llegar a las escaleras. Entonces la vi. Vi la luna llena salir, y empezó la verdadera tortura...

Crecí, mi vello creció, me crecieron las orejas puntiagudas, en resumen, un hombre-lobo, mejor dicho, una mujer-lobo. Mi instinto asesino fue más fuerte que mi racionalidad, y fui corriendo a intentar atrapar a mis compañeros, para matarlos, o, por lo menos, convertirlos en otros hombres-lobo. Justo cuando iba a abalanzarme sobre uno de ellos, sentí un gran dolor en la espalda y perdí el conocimiento.

Unos días después, desperté. Estaba en un hospital y cuando iba a pedir explicaciones sobre por qué estaba allí, una enfermera me dijo que la daga de plata estuvo bastante tiempo para matar al lobo, pero no lo suficiente para que yo muriera también.

 

 

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