¡Apunten!... ¡Fuego!

 

Solunai Fiel, 2º ESO IES Juan de Lanuza

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Apenas tenía diez años pero lo recordaba como si fuese ayer. Ocurrió en unas vacaciones de invierno en las que viajó con su padre al pueblo; había ido allí todos los años desde casi recién nacido. Todas esas pequeñas casas blancas con bajos tejados rojos, aquellos extensos campos llenos de trigo y los grandes rebaños de ovejas de los pastores del pueblo eran una de las cosas por las que le gustaba ir. Pasaba mucho tiempo en ese pequeño pueblo de unos 200 habitantes y, sin embargo, no le importaba porque estaba harto de la ciudad. En el campo tenía muchas otras cosas interesantes que hacer. Una de las que más le gustaba era ir a pescar con su padre a un pequeño lago que había en las afueras. En esa zona todo estaba muy verde. Le gustaba trepar por los árboles y coger grandes ramilletes de flores, para adornar su pequeña casa. En verano, cuando llevaba a algún amigo suyo, siempre iban al lago a tomar su merienda al atardecer.

Un día de los más fríos del invierno su padre decidió llevarle a pescar a ese lago que tanto le gustaba: quería darle una sorpresa a su hijo. Cuando llegaron, bien abrigados, Aureliano vio algo que recordaría toda su vida. El lago estaba totalmente congelado, podía ponerse encima y caminar hasta el otro lado sin caerse. Siempre había querido ver cómo era el hielo, pensaba que su padre se lo había inventado para los cuentos que le leía antes de irse a dormir. De repente oyó la voz firme de un sargento: -¡Carguen!-. Todos sus recuerdos sobre el hielo se desvanecieron y volvió a estar frente al pelotón de fusilamiento. Intentó seguir pensando en los momentos más felices de su vida: sus padres, sus amigos, los veranos, el hielo -¡Apunten!-. Se repitió que quizás sería el momento de rezar. Pero se sentía tan cansado y con tantas ganas de terminar que quiso acelerar el tiempo para que ese sargento dijera: -¡Fuego!-, pero sólo fue consciente del ruido de centenares de cohetes...

 

 

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