Reflexiones sobre Haití: el color de Puerto Príncipe

 

Elisa Cubero. Trabajadora de Intermón Oxfam

Ante el alud de imágenes de destrucción que nos ha ido llegando desde el terremoto, he sentido tanto dolor e impotencia que llegué a pensar que no podíamos hacer nada. Pero, conforme han ido pasando los días, sobre todo desde que sabemos que todos los compañeros de la oficina de Haití, los mismos con quienes he compartido el trabajo diario aunque en la distancia durante tres años, se encuentran a salvo, voy reaccionando.

Ahora soy consciente de que el escepticismo nos paraliza, nos aboca a la inacción y nos deshumaniza lentamente. Hay que superarlo y actuar con humildad, pero con firmeza. Actuar pero también reflexionar.

Actuar, porque se necesita mucha agua, alimentos, medicinas, equipos de primera necesidad para responder a esta catástrofe y también para la reconstrucción. Tantas son las personas afectadas, que no podemos mirar hacia otro lado. Entre hacerlo o no hacerlo, hay unos minutos de diferencia, una orden nuestra desde aquí para que en Haití se transforme en respuesta. Es el momento de ser solidarios, pero con la compasión sólo no basta.

Reflexionar, porque no es sólo ahora, en Haití. Sabemos que la vulnerabilidad de las personas que viven en la miseria las expone frente al hambre, desempleo, migración, violencia y, por supuesto, merma su capacidad de protegerse ante las catástrofes naturales.

Eso ocurre allí, pero sabemos que aquí se originan, entre otras, la competencia desleal de los alimentos producidos y subvencionados en Europa y Estados Unidos, que hace subir los precios de los alimentos básicos, como del arroz en el caso de Haití. También en la sobrecarga de la deuda externa que imposibilita a los gobiernos a proteger a sus ciudadanos, cuya condonación sería no sólo más justa y digna, sino que sobrepasaría ampliamente las disponibilidades de la ayuda oficial al desarrollo. Y sabemos que ni estos puntos, ni la lucha contra las desigualdades o la cooperación internacional hacen reaccionar aquí a nuestras clases dirigentes. Hasta que empecemos todos a exigirlo.

Hoy, reaccionar es de necesidad imperiosa. Y también mañana, dentro de cuatro meses, y cuando hay que votar o manifestarse, cuando callamos en lugar de opinar.

Estos días he escuchado testimonios en los medios de personas que afirmaban que con tan sólo poner un pie en Puerto Príncipe olía a pobreza, que todo era miseria. Por supuesto que las condiciones materiales de vida eran duras, pero ¿porque arrebatamos la dignidad a las personas, para poder más fácilmente mirar a otro lado? El pueblo haitiano, que siempre demostró su fuerza, pero también su hospitalidad, nos acogía en sus calles rebosantes del vaivén del gentío, el color de sus vestidos, de los tap-taps, los alegres ritmos caribeños de su música y muchas, muchas risas. Artistas que en la calle exponían la creativa y delicada artesanía de las figuras de hierro forjado y los paisajes de campesinas y mercados de frutas de sus pinturas naif... Había mucha luz y vida en las calles de Puerto Príncipe. Hoy, nuestra acción y reflexión van de la mano con la esperanza del pueblo haitiano, ¡que vuelva esa vida a las calles de Puerto Príncipe!

 

 

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