La credibilidad de la falsa inteligencia

 

Gonzalo Torres Picazo, 4º ESO IES Miguel Catalán

"Como los demás, el placer de sentirse inteligente no es un placer que se experimente a diario, pero para algunos, que no sienten ese placer a diario, tienen que aparentar que lo sienten, viendo amenazas donde no las hay o comenzar cazas de brujas por despecho. Para los militares en guerra, la inteligencia no es solo un placer sino sus ojos y sus oídos, y por lo tanto su principal instrumento de trabajo". (El País, 7 de febrero de 2010)

Esta es una de las noticias que ha pasado inadvertida, sepultada por la catástrofe haitiana, ha sido quizás la más elocuente desde que comenzó la guerra de Afganistán: la muerte de siete miembros de la inteligencia norteamericana en un atentado de Al Qaeda en el este del país.

Fue el peor ataque sufrido por la CIA en mucho tiempo, y en él resultaron muertos la jefa de la base al este del país y un alto cargo, llegado desde Washington para recoger información sobre el paradero del numero dos de Bin Laden. Pero lo más significativo de todo este asunto es la forma en la que el terrorista suicida llevó a cabo el atentado: durante una reunión en la que participó como supuesto informador de la inteligencia estadounidense y agente doble.

Aunque recientes descubrimientos muestran a la CIA como una organización chapucera, es asombroso que algo así pudiera pasar. ¿Cómo es posible que el terrorista engañara a algunos de los supuestos mejores conocedores de la organización Al Qaeda? ¿Cómo es posible que se ganara la confianza de los agentes hasta el punto de que no lo cachearan al entrar en la base para reunirse con ellos?

La respuesta es obvia; la inteligencia de los islamistas es superior a la nuestra, porque ellos nos entienden a nosotros, pero nosotros ni siquiera hacemos el esfuerzo de entenderlos a ellos.

Esto también significa que, dado que la inteligencia constituye los oídos, los ojos y el principal instrumento de trabajo de los militares, si planteamos esta guerra como una guerra convencional, la batalla contra el terrorismo islámico no se podrá ganar nunca. Y esa fue precisamente la forma en la que el ex-Presidente norteamericano, George W. Bush, planteó la guerra de Afganistán.

No se puede ganar en este tipo de guerras en las que no se lucha contra un ejército, sino contra un país, una cultura y una población. Podemos exaltar y recomendar la democracia, se pueden poner medios para que otra gente la adopte, pero no se puede exportar a la fuerza, que es para lo que fuimos a Afganistán. Además, a nadie nos gusta que nos digan lo que hay que hacer en nuestra casa.

Ahora sabemos (o quizá no quisimos saberlo antes) que los talibanes y Al Qaeda son cosas distintas, que hay que enseñar a los talibanes y disgregarlos de Al Qaeda, y en cualquier caso hay que contar con ellos, porque sin los talibanes es imposible gobernar el país.

En Afganistán los talibanes si que tienen ojos y oídos por todas partes y por lo tanto son los instrumentos con los que derrotar a los terroristas. Si la guerra es cuestión de inteligencia, quizá sean ellos los únicos que puedan ganarla.

 

 

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