Calle del Caballo

 

Clara Castán (IES Pirámide, Huesca)

Era una fría tarde de otoño. Triste lloraba de vez en cuando. La niebla entonces envolvía toda la calle y difuminaba la luz tenue de las farolas, y a duras penas se podía ver unos pasos. Lié un cigarrillo de "ideales", aunque me era difícil porque las manos me temblaban, heladas por el frío de aquel lugar.

Corría 1953, año de soledad, de gente ensimismada, ausente, y la melancolía susurraba en todos los oídos. En estos tiempos yo vivía en un viejo apartamento del centro, y un olor nauseabundo envolvía aquella alcantarilla.

Madrid, una gran ciudad, en la que todo y nada sobra. Si te vas, nadie te echa de menos; y si te quedas, pasas desapercibido entre la muchedumbre, ocupada con sus estúpidos trabajos, su matrimonio y sus insoportables niños. Odio a los niños, pesados, gritones; no saben respetar lo que yo más valoro y respeto: el silencio.

Andaba despacio por la calle del Caballo, en la que nunca se ponía el sol. Donde las prostitutas eran princesas y todos los caballos son blancos. Me gustaba pasar por allí. Ninguna de esas mujeres tenía nombre; todas eran simplemente "princesas". Entre en un tugurio donde "el rata" me serviría buena cerveza. "El rata" era un buen amigo, de cuando los dos soñábamos de grandes promesas para el futuro.; cuando creíamos en el amor y no conocíamos el dolor; cuando sentíamos que podíamos conseguir todo lo que se nos pusiera por delante... Ignorancia de la juventud. En cambio, ahora, yo era como mi vieja gabardina, con mi barba dejada de una semana y mis cuarenta años que arrastraba como podía. "El rata" era más mayor, tuerto de un ojo, maloliente, y con mucha barba grisácea, que además dormía detrás de la barra de aquel mismo antro.

Llevaba varios años yendo a su bar de tres al cuarto para observar todos sus gestos. Pero él no se acordaba de mí. Gracias a esa "rata" habían matado a mi mujer y a mi pequeña María. Pero ya. Él era un infeliz y yo un fracasado que sentía que aquella vida dejada, en aquel lugar putrefacto, no me correspondía. Me acerqué a "el rata" y le susurré los nombres de mi mujer y de mi hija. Yo maté a "el rata", pero ahora sigo cargando con la tristeza y los remordimientos apalean mi cabeza. Ahora sé que, en verdad, Dios nunca pasó por la calle del Caballo.

 

 

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