La televisión

 

Adrián Gómez, La Salle Montemolín

La televisión ha terminado con ese progresivo desvelamiento de las realidades feroces e intensas de la vida humana. Las verdades como el sexo, la provocación, las enfermedades o la muerte, y otras verdades de la fuerza, como la violencia, la guerra, el dinero... Se hurtaban antes de las moradas infantiles cubriéndolas con un velo que solo se levantaba poco a poco.

La mal llamada inocencia de los niños consistía en ignorar esas cosas o no manejar sino fábulas acerca de ellas, mientras que los adultos se caracterizaban por poseer la clave de tantos secretos.

El niño crecía en una oscuridad acogedora, levemente intrigada por esos temas sobre los que aún no se les respondía del todo, admirando con envidia la sabiduría de los mayores y con deseos de crecer para llegar a ser digno de compartirla.

Pero la televisión rompe esos tabúes y lo cuenta todo: destapa todos los misterios.

Los niños ven en la tele, por ejemplo, escenas de sexo o de matanzas, y asisten a agonías en hospitales, se enteran de la corrupción de algunos políticos, además para ver la tele no hace falta aprendizaje. Con unas cuantas sesiones cotidianas, el niño queda enterado de todo lo que antes le ocultaban los adultos, mientras que los adultos se van infantilizando ante la televisión.

 

 

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