Nunca sabremos su nombre

 

Eva López Morales, IES Medina Albaida

Otro día empieza de nuevo y ya han pasado casi dos meses desde que tuvo su última menstruación y vivió aquel día tan especial. "No pasa nada- piensa ella- soy muy irregular, eso es todo". Se levanta y se dirige hacia el baño. Se desnuda frente al espejo y contempla su tripa, la ve igual que siempre, aun así, la palpa por si notase un bulto, una nueva redondez que antes no estaba. No encuentra nada. Ahora observa sus pechos, tampoco están más duros, ni los pezones más oscuros. "Son todo imaginaciones mías, nosotros tomamos precauciones --intenta consolarse, pero una vocecilla en un rincón de su cabeza le insiste-- ¿Y si se rompió? Tú eso no lo sabes".

Ella se viste y se va a desayunar, oyendo esa vocecilla en su interior. No puede evitar pensarlo. Si realmente está embarazada ¿Qué hará? ¿Será capaz de matar a un futuro bebé? ¿Le pedirá responsabilidades a su padre? No lo sabe, no sabe nada, solo intenta recordar una dirección que le dio una mujer, dos años atrás, una dirección de un sitio donde la ayudarían, decidiese lo que decidiese.

¡Basta! Ella no está embarazada, no debe pensar eso, pero... ¿Y si lo está? Ya no podrá estudiar, y sus padres la repudiarán, nadie la mirará a la cara y se quedará sola. Se pone la mochila y anda hacia el instituto, pensando, sin dejar de pensar. Entra en clase. No puede concentrarse en nada, solo en el niño que a lo mejor lleva dentro. Quiere vomitar, llorar, gritar y correr, correr muy lejos. La angustia y el pánico que siente son demasiado fuertes.

Termina la clase. No sabe que está pálida, casi amarilla, por eso se extraña cuando sus amigos le preguntan si le pasa algo. Contesta que nada. Empieza otra clase, es igual que la anterior y ella no retira las manos de su tripa, en un intento vano de proteger algo que quizás no esté allí. Se imagina sus pataditas, sus diminutas manos y sonríe para sí. Luego piensa en la responsabilidad, en todo lo que eso le va a quitar, en toda la vida que va a perder e intenta imaginarse como sería deshacerse del niño. Duele mucho y haga lo que haga se arrepentirá, aunque, quizás no haya nada que decidir. La menstruación no ha llegado.

Han pasado cinco horas y el recreo, todas ellas como las dos primeras. Antes, ha hablado con una amiga y han quedado el domingo para comprar un predictor. Aún queda mucho para el domingo. Toca matemáticas, la peor asignatura. Es incapaz de atender porque no comprende nada y solo le queda pensar en una cosa. La angustia crece y crece y siente que las lágrimas se agolpan en sus ojos. No lo puede evitar y una corre por su mejilla. Logra retener a las demás. Está paranoica y siente patadas en su vientre. Nota una presión en su pecho que amenaza con explotar.

Toca el timbre, por fin. Come y se hecha la siesta, necesita descansar. Son las siete y se despierta. Nota algo húmedo en su braguita. Camina por el pasillo, intentando sosegarse, pretendiendo no hacerse ilusiones. Llega hasta le baño, cierra con pestillo, se baja los pantalones y ahí está. Las lágrimas no la dejan ver, sólo distingue una mancha roja que la acompañará durante cuatro días.

Nunca sabremos si lloraba por tristeza o felicidad. Nunca sabremos su nombre.

 

 

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