Velos y gorras

 

El caso de Najwa Mahla reaviva la polémica sobre el uso del velo islámico en el aula

Fernando Mantecón (El Periódico del Estudiante)

Pocas prendas de ropa pueden presumir de haber levantado tanta polémica como el Hiyab, el velo islámico. El reciente caso de Najwa Malha, la joven española de origen marroquí, y su salida forzosa del instituto Camilo José Cela de Pozuelo de Alarcón (Madrid), ha reactivado las posturas tanto de los defensores como de los detractores de la presencia de esta prenda en las aulas. Sin pararnos en los argumentos más simplistas, como el de "Si no quiere aceptar las normas, que se vaya a su país" (cuando ella es española), el asunto tiene más aristas y complejidades de las que pudiera parecer. Y casi todos ellos acaban desembocando en la religión y el respeto a la diferencia, la integración y el respeto a la cultura y las leyes españolas.

A pesar de que, como máxima, es fácil hablar del "ponerse en el lugar del otro" como base de la convivencia, a menudo no es tan sencillo. Porque España, legalmente laica, es un país de tradición católica, pero actualmente, no nos engañemos, católica no practicante. La religión, aún con mucho poder, no es un elemento propio de la vida pública para la mayoría de las personas. De ahí que a menudo cueste ponerse en la piel de alguien para quien sí lo es.

Es el caso de Abbasia Semrouni, de la asociación Aba Salam de mujeres musulmanas en Zaragoza. Semrouni aclara que, pese a lo que se pueda pensar, el velo es una norma del Islam, "la mujer debe llevar ropa larga y ancha y la cabeza cubierta". El color y las formas del velo ya son más culturales y tradicionales, pero esta norma es palabra de Dios, y como tal sagrada para los seguidores de esta religión. La mujer debe empezar a seguirla desde la primera menstruación. Por supuesto que hay quien no lo hace, al igual que hay muchos católicos que no cumplen los preceptos de su fe, pero hemos de situarnos ante una persona practicante.

Desde el punto de vista occidental, resulta chocante la visión general de la mujer que, según cuenta la argelina, sustenta esta norma. "El pañuelo y la ropa ancha son para proteger a la mujer. Dios nos creó llamativas, y así no provocamos a los hombres y evitamos problemas para ellos y para nosostras. En nuestra religión, la mujer es como una joya, que hay que proteger en un bonito envoltorio". Como decíamos, esta visión resulta cuando menos chocante, pero no hay que ser hipócritas: No hay más que ver las diferencias reales que aún existen aquí entre mujeres y hombres, ya no solo en cuanto a remuneración o posición sino simplemente en estética (la obligación social de depilarse, los pies deformados por la necesidad de zapatos de tacón...).

Volviendo al velo, y una vez inmersos en la mentalidad que puede tener Najwa, es momento de introducir el argumento probablemente más racional en contra del velo en este caso: Las normas del centro impiden cubrirse la cabeza, con una gorra o con lo que sea. Dejando a un lado las contradicciones del caso --unos dicen que nunca lo había llevado, y de repente decidió contravenir las normas; otros, que llevaba tres meses haciéndolo y a nadie le había parecido mal hasta que algún padre comenzó a quejarse--, la norma está clara.

Pero habiendo dicho lo dicho, habrá que convenir en que el velo no es una gorra. No es un elemento estético, es un requisito imprescindible para un creyente. Estirando la analogía, sería como si en un viernes de Cuaresma se le dijera a un católico practicante: "Para comer hay carne, comes o no".

Pero las normas son claras y, salvo contadas excepciones como el colegio que iba a acoger a Nawja tras salir del Camilo José Cela, no se cambian a mitad de curso. Es el caso de Escolapios de Miraflores en Zaragoza, cuya directora, Pilar Abad, se muestra muy clara: "Aquí tenemos alumnas musulmanas y no vienen con velo, pero es que nuestro reglamento especifica claramente que la cabeza ha de estar descubierta. Somos un centro católico --aclara-- y admitimos los símbolos religiosos, pero pedimos respeto a los alumnos de otras religiones. Sin obligarles, claro, a participar en los ritos católicos". Abad asegura que nunca ha habido problemas porque las normas están claras desde el principio, lo cual es más "fácil" al ser un centro concertado. De forma parecida se manifiestan fuentes del Gobierno de Aragón, que aseguran que corresponde a cada centro elaborar su normativa respecto a este y otros temas, siempre que prime el derecho a la educación.

Dado lo aparentemente irreconciliable entre las normas de los centros y las religiosas, Semrouni aboga por establecer claramente unas listas de centros que permitan y no permitan el velo, para saber a qué atenerse. Una solución cortoplacista, sin embargo, porque como ella misma admite "a la larga es crear un gueto para chicas con pañuelo". El problema de fondo es, para la argelina, de hipocresía: "Se habla de integración, pero lo que se pide es la asimilación. ¿Dónde está la multiculturalidad, la libertad religiosa...?" Al fin y al cabo el laicismo no es prohibir la religión, sino aceptarlas todas y separarlas del poder político. Pero las encuestas reflejan que gran parte de la población sigue incurriendo en contradicciones, como negar la presencia de símbolos religiosos en las escuelas... siempre que no sean católicos.

Para Semrouni, la excesiva atención mediática no favorece en nada. "Normalmente no hay problemas con el velo, de hecho las chicas hacen todo como cualquiera, incluído el deporte, no veo que haga ningún daño. Sin embargo, con estas polémicas se genera rechazo; y también la reacción contraria, que muchas chicas que antes no lo usaban se lo pongan, como las amigas de Najwa a modo de protesta". La polémica se enfriará, pero el problema seguirá latente.

 

 

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