Inspiración

 

Rita Royo Segarra, La Salle Montemolín

La maleta sigue en el rincón donde la dejaste ayer: al lado del radiador, bajo el cristal donde se están estrellando las gotas, una a una. La luz de la calle está volviéndose más y más oscura cada momento, y enciendes la lamparita del buró. Eso tampoco hace que la inspiración regrese a ti, igual que no lo han hecho las dos horas y media de avión y las tres horas de autobús, ¿pero cómo se te ha podido ocurrir que para encontrar la inspiración tenías que irte lejos? Estúpida.

Intentas escribir algo, pero no se te ocurre nada. Caminas por la habitación con la mirada: un techo alto, paredes aterciopeladas y una colcha que parece la que tenía tu abuela en la casa de la montaña; demasiado rococó para tu gusto, pero no había nada mejor a ese precio. Decides salir; estar encerrada entre cuatro paredes nunca ha sido tu preferencia. Coges la cazadora y la Nikon, y sales del hotel.

Ha dejado de llover, la gente anda con los paraguas en la mano, y los últimos rayos de luz del día reflejan en los charcos. No ha pasado nada fuera de lo común; has ido a parar a una ciudad normal, con gente normal a la que no le pasa nada fuera de lo normal-¿Pero en qué momento se te ocurrió ir a un sitio llamado Téramo? Sí, sonaba bien, pero no es, ni por asomo, un sitio en el que la inspiración llegue pronto.

Caminas por la Vía Delfico y giras a la derecha en la Vía Roíz, te encuentras con un gran cartel ante ti: Cine Teatro Comunale, donde solo hay tres películas. La gente sale en ese momento; gente llorando, gente riendo, gente tarareando las canciones de la película... Y entre tanto barullo, dos niños aparecen jugando y corriendo. Los viandantes se sorprenden y se sobresaltan cada vez que uno de ellos les pisa o les da un pequeño empujón.

Echas una foto desde la acera de enfrente. Después giras a la izquierda y entras en el Corso San Giorgio. Los coches no paran de tocar el claxon, y los conductores se asoman por las ventanillas gritando cosas que eres incapaz de entender. Desde luego que, cuanto más al este vas, peor conducen. Otra foto; esta vez un hombre agitando el puño y asomado medio cuerpo por la ventanilla de su automóvil.

Llegas a la Piazza Giuseppe Garibaldi. En una de las aceras, un viejo letrero, un poco desgastado, pero aún conserva el encanto de cuando lo colocaron: Ristorante Colline Verdi. Vuelves a usar la cámara. Después entras en el local y pides una mesa.

Las ocho en punto; un poco pronto para cenar, pero no has comido nada desde el snack del avión. Te sientan en una mesa cercana a la ventana; fuera vuelve a llover y el sol se ha escondido por completo. La gente camina con la bufanda subida hasta la nariz, e intenta que el viento no doble su paraguas.

De repente, notas un suave olor; cierras los ojos, y escuchas una mezcla de voces con acento italiano y risas. Sacas tu cuaderno y tu bolígrafo mordisqueado, y comienzas a escribir. Quizás no ha sido tan mala idea buscar la inspiración en esa ciudad tan poco fuera de lo común.

 

 

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