Siempre Shakespeare

 

Relato ganador de la 2ª categoría del XII Concurso de Relatos de El Periódico del Estudiante

Virginia Blasco, 4º ESO IES Medina Albaida

"Corre"
Ése era su único pensamiento. Huir. Huir de todo aquello. No querer mirar, tener miedo de pensar. Miedo de que la realidad lo atrapase, lo cogiese y lo zarandease hasta golpearlo contra la pared.
Huir.
Macbeth atravesó todo París. Subió los Campos Elíseos corriendo. Las manos manchadas de sangre. Sangre de quien debiese haber sido su amigo. Sangre manchada de ambición, de culpa. Sangre ajena, que no era suya.
Llegó al Arco Triunfal al límite de sus fuerzas. En sus ojos brillaba el pánico. Los turistas se giraban para ver a aquel loco que corría como un poseso, como si lo estuviesen persiguiendo.
Nadie era capaz de entender que aquel enemigo que lo perseguía era invisible, intangible, incorpóreo, algo que se escapa a toda razón y cálculo, algo que vive agazapado en el alma de los hombres. Huía de la culpabilidad, pero no sabía que ella ya lo había atrapado, y que nunca volvería a soltarlo.
Vivir y no vivir con uno mismo. Allí, tal y como habían acordado, estaba Lady Macbeth esperando. Sonreía. Estaba tan guapa, tan elegante allí de pie, con sus tacones y su vestido negro. Como recién salida de una fiesta de alto copete.
Él, en cambió, se encontraba descamisado, sudado, agotado, exhausto.
- Cariño,- le saludó con una sonrisa de sus labios rojos.- ¿que haces corriendo?
- Me persiguen.- consiguió articular entre jadeos.
- ¿Quién? ¿Quien te persigue cariño? ¿Quien?
- Ellos.
Macbeth cayó al suelo.
- ¿Cariño? ¿Qué pasa? ¿Qué te pasa? Qué guapa que era. Qué bonitos tenía los ojos, de un verde intenso, brillantes, con luz. Sonrió. Parecía que unas manos lo arrastraban hacia el abismo.
Los turistas lo rodeaban. Había demasiado bullicio.
Pero par él sólo había una voz.
Una única voz. - Cariño. Cariño no me dejes. Cariño...
- Lady Macbeth lloraba. Notaba sus lágrimas cálidas corriendo por las mejillas.
Sostuvo la mano de su marido.
Se acercó a su rostro y lo miró a los ojos. Verde contra verde. Fuego contra llama al viento.
Luz y oscuridad.
- Cariño... yo te quiero...
Y mientras lo decía se aproximó y lo besó en los labios. Un beso corto, simple, un beso que hablaba más que mil palabras. Un beso tierno, un beso cálido, un beso que selló toda palabra, toda amargura, toda despedida.
- Ellos me perseguían... los fantasmas... mis fantasmas...
La ambulancia llegó haciendo sonar todas las alarmas. Se abrió el corro de turistas y curiosos que los rodeaba. Lady Macbeth estaba cegada por la pena, por las lágrimas. La ambición había dejado paso a la desolación.
Se aferró al cuerpo de su marido, queriendo irse ella también con él. No quería enfrentarse al mundo por sí misma. Era fácil con él. Le necesitaba.
No podía.
No sin él.

- Lo siento mucho. Fue un ataque al corazón. Fulminante. No pudimos hacer nada. Su marido ha fallecido nada más entrar en urgencias. Le doy el pésame.
La mujer se abrazó al médico, a esa pequeña tabla de cordura que le proporcionaba su bata blanca, sus palabras técnicas, tranquilas; su profesionalidad.
Meses después, cuando ya habían acabado los papeleos y los entierros, los pésames de amigos y conocidos, se dio cuenta de cuáles eran aquellos fantasmas que perseguían a su marido el día de su muerte.
Él no había participado en su plan. No había seguido su juego. Lo había echado todo a perder.
Le había dejado un montón de deudas, una estafa de tamaño inconmensurable. Le había engañado.
A ella.
A la que fue, hasta su lecho de muerte, su mujer, el gran amor de su vida. Todos. Todos habían quedado en la ruina. Amigos, conocidos, clientes. Incluso ella misma.
Ella que pensaba que había sido tan lista. Que había conseguido llevarse todo. Ella que pensaba que su marido siempre había sido fiel a sus planes. Ella que nunca había parado a considerarlo algo más que una simple marioneta movida por los finos hilos de su ambición. La esposa del estafador, estafada.
Sintió un odio enfermizo, un odio que lo inundó todo. Odio contra él, contra ella misma por haberse dejado engañar tan fácilmente, hacia la vida, hacia aquella existencia atormentada.
Odio.
Ya no era ambición.
Al final Macbeth había sido más listo que ella. No sólo había ambicionado todo para él, sino que en su plan perfecto la había engañado hasta que se fue. Hasta que ya no quedó nada a lo que agarrarse.
Odio.
Los fantasmas de su marido eran los fantasmas de la culpa.
Sus fantasmas eran los de la ira, la insatisfacción.
Odio.
Vivió el resto de su vida en una existencia amargada, alumbrada por el rencor, por la venganza, por la frustración. En aquella venganza perfecta no sólo le había quitado todo lo que tenía, sino que le había arrebatado el resto de su vida, que había desperdiciado odiando a un recuerdo.
Y cuando sintió que aquellas manos también tiraban de ella apenas le quedaba ya nada de sí misma.

 

 

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