El arca de los deseos

 

Antonio Javier Sanz Gimeno, IES Nuestra Señora del Pilar

La situación era extrema, Miguel y Rebeca se encontraban a menos de dos metros de lo que estaban buscando. El famoso cuadro de Munich, El Grito.

Esperaban que el tercer miembro del equipo, Roberto, hubiera desactivado la protección láser y térmica del mismo. Sólo disponían de tres minutos para descolgar el cuadro, mirar en el reverso del mismo he intentar descifrar las coordenadas que indicaban el lugar exacto donde se encontraba la llave del Arca de los Deseos.

Miguel con un rápido movimiento descolgó el cuadro de Munich, quince segundos. Rebeca con su lupa empezó a buscar en la parte posterior de la tela las coordenadas, cuarenta y cinco segundos.

--Maldita sea, no hay nada-- dijo Rebeca.
--Seguro que estarán escritas con tinta invisible- comentó Roberto.

¿Qué podían hacer? Habían pasado casi cincuenta segundos y no tenían nada.
--Ya está-- gritó Rebeca- en mi mochila llevo un limón que compré esta mañana para limpiar los candelabros de cobre del siglo XVII, seguro que las coordenadas están escritas con tinta invisible y el zumo de limón nos permitirá verlas.

Miguel arqueó las cejas, nunca llegaría a comprender la cantidad de cosas que Rebeca llevaba en su mochila. Rebeca le dio el limón a Miguel y éste, con su navaja suiza multiusos lo cortó de un solo tajo. Presionando el medio limón con su mano izquierda las gotitas de zumo cayeron sobre un algodón que Rebeca había sacado también de su mochila. Una vez empapado el algodón, Rebeca frotó con suavidad la parte superior izquierda del lienzo y como por arte de magia aparecieron los números: 44° 56´ lat. N 2° 30´ long. E (bajo la bola superior)

Miguel rápidamente apuntó en su libreta las coordenadas y la extraña frase bajo la bola. Dos minutos treinta y cinco segundos.

--Rápido, se nos acaba el tiempo- clamó Rebeca. Con la misma precisión que Miguel había descolgado el cuadro, lo colocó en su sitio.
--Uf, dos minutos cincuenta y siete segundos-- dijo Miguel y mientras guiñaba el ojo a Rebeca se oyó el ´clic´ de la puesta en marcha de los sistemas de seguridad del cuadro. Con la satisfacción del trabajo bien hecho abandonaron la sala de los pintores impresionistas y descendiendo por la escalera de servicio, abandonaron el edificio. En la furgoneta Renault Kangoo aparcada en la calle, Roberto, el informático del equipo, les esperaba.
--¿Qué tenemos?- preguntó Roberto.
--Las coordenadas- contestó Rebeca y desdoblando un mapa de España empezó a buscar en él.
--Ya está 41° 56´ N, 2° 30´ E, es en Zaragoza, en el cruce del Paseo María Agustín y la Avenida César Augusto. Lo que no entiendo es qué significa ´bajo la bola superior´
--Pues nada, camino de Zaragoza, allí veremos, qué diablos es eso de bajo la bola superior- dijo Roberto.

Una vez en Zaragoza, los tres amigos aparcaron la furgoneta en la segunda planta del parking de la Plaza Salamero. Saliendo a la superficie, y girando por el bar Canterbury, se encaminaron por la Avenida César Augusto hacia el cruce con el Paseo María Agustín. Allí estaba, con su cara agujereada de metralla, justo en la coordenadas que habían sacado del reverso del cuadro impresionista, el emblema de la resistencia; la Puerta del Carmen.

 

 

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