Adiós al maestro

 

Además de cantautor y político, Labordeta fue profesor en el instituto Ibáñez Martín de Teruel, donde impulsó movimientos culturales que marcaron a una generación.

Fernando Mantecón (El Periódico del Estudiante)

Estos días se suceden los homenajes y recuerdos a José Antonio Labordeta, fallecido el pasado 19 de septiembre. Se habla de su papel como político, defendiendo Aragón como único representante de Chunta Aragonesista en el Congreso. También de su importancia como cantautor, uno de los máximos representantes de la canción popular aragonesa. Pero probablemente de lo que menos se habla es de su faceta de profesor, donde ya se dejaban notar su pasión por la música y sus inquietudes intelectuales. Estas tuvieron su máximo exponente en los seis años (1964-1970) que pasó en el instituto Ibáñez Martín de Teruel, y su relacionado Colegio Menor San Pablo que dio nombre a la conocida como "Generación Paulina", donde coincidió con grandes figuras de la cultura, la prensa o la economía, ya fueran profesores (José Sanchis Sinisterra o Eloy Fernández Clemente) o alumnos (Federico Jiménez Losantos, Joaquín Carbonell o Manuel Pizarro, entre otros).

Labordeta era un profesor atípico considerando incluso lo que se da hoy en día; mucho más considerando a la mayoría de sus contemporáneos. Esta estravagancia se resume bien con una anécdota que cuenta el cantautor Joaquín Carbonell, alumno y amigo suyo: "El primer día de clase llegó y nos dijo que estábamos todos aprobados, que el que no quisiera ir que no fuera". Esta frase aparentemente hasta graciosa escondía una realidad sorprendente: "Nos trataban desde el primer momento como adultos; los chicos que llegábamos al instituto de Teruel casi todos éramos de pueblo, nunca habíamos conocido nada que no fuera el maestro dándonos con la vara (el castigo físico estaba permitido) y obligándonos a estudiar". Con Labordeta y los demás profesores los alumnos vieron que estudiar y formarse debía ser un afán propio, y "la inmensa mayoría de alumnos asumimos ese papel de adultos".

Pedro Luengo, otro de los alumnos y hasta hace poco profesor de literatura, explica que lo sorprendente del ambiente empezaba ya en la clase, con un trato "cercano, cordial, no habitual en los sitios desde los que veníamos". Carmen Magallón, otra de las brillantes alumnas del centro, científica e investigadora por la paz, decía que Labordeta era tan cercano "que no parecía un profesor". Pero además, "las clases eran amenas e instructivas", cosa poco común incluso ahora.

Y la enseñanza se completaba con un sinfín de actividades extraescolares, ya fuera en el instituto o en el colegio San Pablo. Como recuerda Luengo, "el abanico era amplio. Se organizaban obras de teatro como La zapatera prodigiosa de Lorca, obras de vanguardia o entremeses de Cervantes, tanto representadas como leídas; también se enseñaba música, se hacían programas de radio, tertulias, incluso colaboraciones con prensa como la sección Aula 68 en el periódico Lucha. Como dice Carbonell, "hacíamos tantas cosas que no teníamos tiempo ni de estudiar".

El cantautor conocía además una "tercera faceta" de la relación, el hecho de ir a casa del cantautor con un selecto grupo de alumnos; "allí partipábamos en tertulias sobre política, con gente que tenía mucha más información y lecturas que nosotros. Aquello no tenía precio". Aquella especie de ´Edad de Oro´ de la cultura turolense y aragonese terminó "de forma natural, cuando los profesores fueron siendo trasladados a otros lugares", explica Luengo. Pero les dejó huella, y en cierta forma decepción, cuando comprobaron que aquella intensa actividad cultural, que a ellos les parecía "lo normal", no se daba en otros institutos, ni siquiera en la Universidad. Para el profesor de literatura, "se adelantaron diez o 15 años a su época"; para Carbonell, ni siquiera ahora se da ese nivel.

Esta actividad cultural trajo problemas a los propios profesores, que según cuenta Luengo fueron vigilados por las autoridades, y para el profesor fue un buen comienzo que, ya generalizado, degeneró en un problema, el excesivo colegueo con los profesores que desembocó en una pérdida de respeto por ellos. Para Carbonell, el respeto "se lo ganaba él, porque lo que contaba era interesante, nos veíamos obligados a prestarle atención". Pero probablemente lo mejor de este grupo de profesores es que la cultura que ellos patrocinaban no pretendían que viniera solo de ellos, sino que fuera como una semilla que creciera en los alumnos. Como resume Carbonell, "hoy también hay muchas actividades, pero se imponen desde arriba. Entonces éramos los alumnos, en asamblea, quienes decidíamos lo que queríamos aprender, y los profesores nos ayudaban a buscar al mejor para enseñárnoslo". Quizá también ahora se pueda aplicar esta fórmula para que la educación sea algo interesante para vosotros, y no algo que os venga impuesto.

Visita: www.elperiodicodearagon.com

 

 

foto

 

» Subir
» Imprimir página
» Más noticias de Tema de la semana

 

 
Contacto | Aviso Legal | Inicio

Desarrollado por DiCom Medios, S.L.
© Prensa Diaria Aragonesa

Ibercaja Gobierno de Aragón