En aquel rincón

 

Marta Sofía Ruíz Mora (La Salle Montemolín)

Sentada en un rincón, en la esquina de la habitación. Agachada, la cabeza enterrada en los brazos. Sus hombros se agitan al ritmo de sus sollozos. Las lágrimas brotan de sus ojos, surcando sus mejillas, dejando una estela negra fruto del maquillaje desecho. La luz entra de forma tenue por la ventana, recreando un ambiente de tristeza. Los ojos descalzos, los tacones están olvidados a un lado junto a un bolso.

Sus lágrimas testimonian su dolor, hoy se siente triste, hoy se siente sola, pérdida, traicionada, en un mar de dudas, en el que solo ve olas y olas. Solo desea ser invisible. Solo desea poder olvidar. Cerrar los ojos y comprobar que ya nadie puede verla. Que ya nadie contempla sus errores, sus fallos. No tiene que elegir, no tiene problemas y, ante todo, nadie puede ver su dolor.

"Invisible, nadie podría verme. Podría hacer tantas cosas con esa habilidad. Observar todo aquello que en un principio no podemos mirar, entrar a aquellos sitios exclusivos, colarme en cines... Y otra serie de banalidades que solo me reportarían satisfacción a mí misma". Tampoco es complicado imaginar la postura contraria, aquellas acciones que reportarían beneficio a los demás. Una superheroína que salvaría al mundo de villanos ficticios y con nombres ridículos. "También podría robar el diamante más grande del mundo sin que ninguna cámara me captase... Podría hacer muchas cosas".

A veces sentimos la necesidad de desaparecer, ignorar nuestros problemas, aquellas decisiones que tenemos que tomar. Desearíamos volvernos invisibles para evadir nuestros miedos. Escondernos en un rincón. Todos hemos deseado desaparecer.

Unos zapatos resuenan por el vestíbulo. Oye el ruido de la puerta al abrirse, pero le da igual. Solo desea irse, desaparecer. Huir. Ni siquiera se molesta en levantar la vista, en dejar de sollozar. Siente como unas manos amigas le rodean y le acarician suavemente el pelo mientras le susurran que no merece la pena llorar, que así no se consigue nada y que tiene que levantarse. Solo llora, no tiene ni las fuerzas ni el ánimo para hacer frente a aquello que le destruye. Los susurros de ánimo van cesando, hasta que se convierten en un silencio que dice mucho más que las palabras. A veces es mejor no ser invisibles, porque nadie podría vernos, porque entonces nadie estaría allí.

 

 

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