Pierre Lemon

 

Samuel García, La Salle Montemolín

Hola, soy David Henry y os voy a contar lo que sucedió cuando yo iba a quinto curso. Ese año se programó una excursión a la mansión de Pierre Lemon, un famoso escultor que dicen que murió convertido en piedra hace más de 1.500 años, lo cual parece un poco increíble y falso.

Finalmente llegó el 31 de octubre, el día programado para la salida cultural. El conductor del autobús que nos trasladó era muy extraño, callado y solitario. Las nubes se crerraban a nuestro paso y a los pocos minutos se desató una terrible tormenta, cuyos rayos entrecortaban la radio.

A las 9.30 horas el autobús se detuvo frente a una gran verja negra, tras la cual un enorme castillo se mezclaba con las nubes. Después de unos minutos enmudecidos, un rayo rompió el silencio. El supuesto encargado de la casa, más bien palacio, salió pálido, muy pálido, expresándose sin hablar ni gesticular, intentando decirnos que nos fuéramos, que no entráramos ahí, pero D. Carlos, el maestro, no quiso hacer caso.

Un gran portón se abrió ante nosotros y anduvimos por un camino de grava rodeado de altos cipreses y mucha hierba sin cuidar. La puerta del palacio se abrió sola. Me temía que no iba a a pasar nada bueno, pero parecía que los demás no sospechaban. El castillo tenía tres plantas, en la planta baja un pasillo muy extenso rodeado de grandes columnas conducía hacia una puerta marrón, envejecida por el paso de los años. En el suelo había unas flechas blancas que resaltaban con los oscuro de la casa. Estas indicaciones daban la vuelta a la casa e iban a parar a un gran círculo blanco frente a un balcón que comunicaba con una habitación.

Como cualquier otra persona, al profesor le dio por dar la vuelta siguiendo las marcas en el suelo. A mitad de recorrido, en la segunda planta divisé unos servicios y pedí permiso para entrar en ellos a lo que D. Carlos aceptó.

Al salir del servicio, el último de mis compañeros entraba en el círculo blanco, de repente... la puerta se abrió, salió un hombre de la habitación. Era alto, muy pálido y con un ojo rojo y otro negro, vestido de frac y, aunque me costó mucho, pude fijarme que una mano era de piedra. Entonces...

Un resplandor, un ruido atronador y unas vibraciones recorrieron el castillo de punta a punta. Cerré los ojos y me cubrí la cabeza.

Al despejarme, miré hacia abajo, no había nadie. Miré hacia arriba, tampoco había nadie. Empecé a asustarme de verdad. Y me fijé en una cosa. "Aquel de esa estatua se parece a Javi", pensé, "aquella otro a María". Y caí. Javi, María, Íñigo, Miguel, Daniel, Alex, Ana, Vanesa, Verónica...

No, no puede ser, me dije pegándome fuertemente en la cara, pero sí, sí fue. Por muy increíble que parezca, allí estaban, mis veintiún amigos y compañeros de clase y el maestro Don Carlos, uno de cada columna, de piedra, inmóviles.

Me desperté en el hospital, nadie creyó mi historia. Piensan que desaparecieron sin más, y que lo de las columnas es pura casualidad, pero no tardaron en darse cuenta de que cada 31 de octubre, el grupo de estudiantes que entra en la mansión de Pierre, no sale ninguno con vida, excepto si vas a los servicios.

 

 

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