Conversaciones

 

Carolina Ferrer Celma, IES Juan de Lanuza

Abu Ghraib, primavera de 2004.
Mohamed entra en su celda con la cabeza gacha, sujetado por dos enormes soldados estadounidenses.
Se oyen gritos de socorro a lo lejos, súplicas de los otros presos ante terribles torturas; y mientras Mohamed intenta distinguir el sonido de su llanto entre tanto barullo, un soldado de guardia se balancea relajado en su silla mientras silba el himno de los Estados Unidos.
Humillación, humillación y más humillación. Eso es lo único que ve Mohamed desde su celda.

--Bienvenido al infierno--, le dice una voz quebradiza desde la oscuridad del fondo de su celda.
--¿Qui-qui-quién eres?-- pregunta Mohamed, un poco desorientado por la escasa iluminación del lugar.
--Antes era Rashid-- le contestó -- pero desde que estoy aquí sólo soy un número; sólo soy el preso número 172. ¿Qué número eres tú?
--Yo... no... no me he parado a mirarlo--, con sus manos morenas cogió el traje de color tierra y se quedó mirando aquellos signos desconocidos para él--, bueno, es que, en realidad, no sé leer.
--529-- respondió su compañero --. Eres el nuevo preso número 529. Por cierto, ¿por qué estás tú aquí?
--Por estar en el sitio equivocado en el momento menos oportuno, ¿y tú?
--¿Yo? Porque para ellos soy un terrorista. Me temen. Cada uno de mis movimientos representa una amenaza. Y lo mejor de todo- dijo riéndose en tono sarcástico-me cogieron por intentar salir de este país por piernas, con una mochila a la espalda y una navaja en la mano.
--Pareces llevar mucho tiempo aquí, Rashid.
Se hizo el silencio. Mohamed escuchó el llanto de Rashid, y distinguió la forma de su cuerpo irguiéndose pesadamente y caminando hacia él con pasos pausados.
Y entonces el preso n° 172 le abrazó con fuerza y se desplomó en los brazos de Mohamed entre sollozos.
--¿Rashid?--. Mohamed no entendía lo que estaba ocurriendo.
Graner, uno de los vigilantes, de mirada penetrante y sangre fría, vio la escena e inmediatamente hizo llamar a Lynndie England, una soldado también estadounidense, para que lo acompañara a la celda de los peligrosos terroristas n° 529 y n° 172. No podían permitir homosexuales, ni hablar; en su cárcel no.
De un golpe, Lynndie abrió la puerta de su celda; y antes de que ésta se llevara a golpes a Rashid, éste le susurró a Mohamed entre sollozos:
--Hacía cuatro años, cuatro años, que nadie me llamaba por mi nombre.

 

 

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