El espejo

 

Rebeca Pamplona, La Salle Montemolín

Algunos siglos atrás, en un pueblecito de la Corona de Aragón, vivía una joven con su abuela. Era una chica alta, delgada, de pelo liso y a mechas rubias. Su tez era lisa y pálida, tenía unos labios carnosos y una mirada profunda. Quería con locura a su abuela. Vivía con ella desde los cinco años; su madre murió en el parto, y su padre murió en una cruzada.

Su casa era una pequeña cabaña que se encontraba a las afueras del pueblo, suficiente para dos personas. Todos los días la joven acompañaba a su abuela al bosque para recolectar plantas y algunas bayas. De su abuela se dice que tenía poderes, pero simplemente era curandera. Hacía saquitos aromáticos, curaba con las plantas, etc. Todos los del pueblo decían que estaba loca, y que era peligrosa. No dejaban que sus hijos se le acercaran. Cuando la anciana bajaba al pueblo, todo el mundo le miraba mal, y nadie le dirigía la palabra.

Hubo una temporada de sequías, salieron pocas y malas cosechas, y no había agua suficiente para abastecer a la población. Los pueblerinos enfurecidos, y llenos de rabia, le echaron la culpa a la anciana, y la acusaron de bruja. Dijeron que la mujer les había echado mal de ojo. Y como es de suponer, la condenaron a la hoguera.

La joven intentó impedirlo pero fue imposible, la decisión estaba tomada. La abuela antes de ser quemada, le regaló un espejo a su nieta y le dijo que lo mirara todas las noches, que nunca la dejaría sola. Desde entonces, todas las noches, antes de irse a dormir, la chica miraba el espejo y contemplaba feliz a su abuela.

 

 

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