El jardín de Rogelio

 

Raquel García Marco, IES Pirámide (Huesca)

Como todas las tardes, al salir del colegio, María, Samuel, Carolina y Rubén quedaron al lado de una vieja y aparentemente abandonada casa, para jugar a la pelota y saltar a la comba. La casa estaba rodeada por un montón de árboles, que tapaban la parte inferior. Cuando estuvieron todos, decidieron Jugar un partido de fútbol, María y Rubén contra Samuel y Carolina. La portería del primer grupo estaba entre dos grandes árboles y la del segundo estaba formada por las mochilas del colegio.

--Empezamos nosotros--, dijo Carolina cogiendo el balón. Sacó desde uno de los lados del campo. La cogió Samuel, que disparó contra la portería para meter gol, pero lanzó tan fuerte que la bola se adentró en el bosque y se perdió de vista.
--Yo la voy a buscar--, dijo Rubén--. Ahora vuelvo.

El chico empezó a caminar, mirando el suelo, para encontrar la pelota. Como no la veía, entró más. Sin darse cuenta, pasó el bosque. Alrededor de la casa había un alto muro y se dio cuenta de que la pelota se había colado por un pequeño hueco que había en la parte más baja, cuando se agachó y miro por allí. Como no sabía como cogerla, volvió para decírselo a sus amigos.

--Mañana podemos venir con algo para podernos aupar y pasar a coger la pelota--, dijo María.
--Vale--, aceptó Samuel--. Yo traeré un taburete que tengo en casa, que es alto, para podernos subir encima y pasar dentro.

Al día siguiente llegaron con el taburete y saltaron el muro. El primero en pasar fue Rubén, con ayuda de los demás, luego pasaron las chicas y el último Samuel. Cuando todos estuvieron dentro, observaron que había un parque muy grande. Cogieron la pelota y se columpiaron un rato, bajaron por el tobogán... Cuando se hizo la hora de irse, decidieron que mañana volverían a entrar para jugar otra vez. Como no sabían saltar otra vez el muro, salieron por la puerta que estaba cerrada con llave, colocada en la cerradura.

Al día siguiente volvieron los cuatro y saltaron otra vez el muro por donde habían pasado el día anterior. Al poco rato de estar allí, un viejo señor salió de la casa y vio a los niños jugando en el parque. Ese señor era Rogelio, el propietario de la casa. Se acercó a los niños con paso rápido y dijo muy enfadado:

--¿Se puede saber qué hacéis aquí? Volved a vuestras casas a hacer los deberes o a ayudar a vuestras madres a hacer la cena.

Los niños, muy asustados, se fueron corriendo hacia la puerta y salieron de la casa.

El lunes en el recreo de clase, los cuatro amigos se reunieron y dijo Samuel:

--Tendríamos que volver a la casa y pedirle perdón al señor Rogelio, por colarnos en su propiedad.
--Yo voy contigo--, dijeron Carolina y Rubén a la vez.
--Yo no quiero ir--, dijo María muy asustada--. Ese señor me da mucho miedo.
--Pues si se enfada, nos vamos corriendo como el otro día--, la animó Samuel.

Entre los tres consiguieron convencer a María, pero aún estaba muy nerviosa. Por la tarde hicieron un delicioso bizcocho de chocolate para el señor Rogelio. Cuando se enfrió, se fueron a la casa. Llamaron al timbre y el viejo propietario salió a abrir la puerta.

--¿Qué queréis?--, preguntó Rogelio.
--Tome--. Rubén, que era el más valiente, le ofreció el bizcocho.
--Es para que nos perdone por habernos colado en su casa sin su permiso--, dijo María con todo su valor.

El anciano les invitó a pasar y les ofreció un vaso de leche a cada uno. Partió el bizcocho y cada uno se cogió un trozo, pendientes de la historia que Rogelio les empezó a contar:

--Ese parque lo construí para mis nietos, pero no los llegaron a usar--. Hizo una pausa --. Antes de nacer, mi hija y su marido se fueron de viaje, pero tuvieron un accidente y murieron, y los gemelos que iban a tener también.

Al anciano se le cayeron dos lágrimas. Los niños, para intentar consolarlo, se levantaron y le dieron un fuerte abrazo.

--¿Sabéis qué?--, dijo el anciano, secándose la cara--. A partir de ahora, si queréis, venid todas las tardes a mi casa, que os invitaré a merendar y os dejaré jugar en el parque.

Los niños, muy contentos, aceptaron su oferta. A partir de entonces fueron todos los días a la casa de su nuevo amigo. Los días que llovía, se quedaban dentro de la casa y jugaban a juegos de mesa, contaban historias o dibujaban algo bonito. Y los días que hacía buen tiempo, los cuatro salían al parque a jugar, mientras que el anciano, sentado en una silla, imaginaba que aquellos adorables niños podrían haber sido sus nietos.

 

 

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