El flautista de Hamelin

 

Paula Aparicio, IES Juan de Lanuza

Érase una vez un pueblo tranquilo de la ribera del río Ebro. Allí todos vivían tranquilos, les encantaba el silencio. No había charanga, ni tocaban las campanas, ni gritaban los niños. Se llamaba Hamelín. Un día llegó al pueblo un flautista que iba a tocar. El flautista se plantó delante del ayuntamiento y empezó a tocar su hermosa melodía. Los habitantes, furiosos, le abuchearon y se pusieron a lanzarle tomates. El flautista se enfadó muchísimo y se fue del pueblo.

Para vengarse el flautista fue de pueblo en pueblo llamando a todos sus amigos flautistas.
--¡Amigos--, gritaba --os necesito!
--¿Qué quieres?-- decían ellos.
--Venid conmigo y os lo enseñaré.

El flautista les contó la historia y el día siguiente un grupo de flautistas enfurecidos llegaron al pueblo.
--Ciudadanos, ¿no queríais ruido? Pues aquí tenéis-- gritó.

Todas las flautas empezaron a ser tocadas y los vecinos salieron a sus balcones asustados. Les dolían muchísimo los oídos.
--¡Por favor, parad!-- dijo el alcalde.
--¿Parar, por qué?-- dijo el flautista y siguieron tocando.

El alcalde no sabía qué hacer. Fueron pasando los días y los habitantes del pueblo no dormían, no descansaban... El alcalde, desesperado, decidió llamar a unos ratones para que ahuyentaran a los flautistas. Los flautistas, al ver que los ratones les mordían los pies, se fueron corriendo. El alcalde había acordado con los ratones que, si los ahuyentaban, les daría un trozo de queso a cada uno. Pero el alcalde no cumplió su parte y los ratones enfadados se empezaron a comer la comida de la gente como venganza.
--¡Vale!, os daremos el queso-- dijo el alcalde.

El alcalde les dio lo acordado y los ratones y los flautistas se fueron de Hamelín para siempre, dejándolos tranquilos y en silencio.

 

 

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