La maldición

 

María Hernández Alonso, La Salle Montemolín

Solveg volvía del colegio como un día cualquiera. Volvía sola, ya que sus amigos vivían en otras direcciones y no seguían su trayecto. Era un día que había niebla, era un tanto tenebroso, pero Solveg no tenía miedo, era una chica valiente, a pocas cosas temía. Casi no se veía el horizonte, así que se iba mirando los pies para no tropezarse.

Duró dos segundos, nada más, pero fue muy extraño; oyó un sonido muy raro, se sobresaltó, pero no le dio importancia. Continuó andando.

Silencio, durante unos cinco minutos no se oyó nada, era muy siniestro... No tenía miedo, pero optó por ponerse los cascos, ponerse la música a tope y seguir caminando.

Aún le faltaba más de medio camino, ahora le fastidiaba vivir tan lejos. Estaba escuchando Madonna, su cantante favorita, cuando se le apagó repentinamente el móvil... ¡Pero si la batería está llena!

Sintió una presencia. --¿Quién anda Ahí?--. No obtuvo respuesta, aceleró el paso.

No podía negarlo, tenía mucho miedo, cosa que se echaba en cara constantemente, "¿Yo?, pero por favor, ¿cómo puedo tener miedo? Si no pasa nada..." ¿Que no pasaba nada? Pobrecita de ella, está claro que no sabía lo que le esperaba.

Estaba a punto de llegar a su casa, un cuarto de hora le quedaría como mucho, cuando se chocó contra algo, o alguien...

--¿Tú eres Solveg?--, preguntó una extraña y grave voz.

--Ehhh... sí.
La agarró por el brazo bruscamente.
--¡Suéltame! ¡Déjame en paz!--, gritó.
--Cuanto antes te calles, antes terminaremos con esto.
Se miró el brazo y tenía una extraña figura en color púrpura brillante.
--¿Qué es esto?
Le tendió un cuadro en el que se veía una graja con patos. "¿Qué significa esto?", pensó la chica.
--Cógelo, es tuyo.
--No.
--¡Cógelo te repito!
--¡No pienso coger nada que me des tú!
--No quieras tentar a la suerte... ¡Cógelo!
--¡No lo pienso coger!

Y entonces salió corriendo. Le comenzó a doler mucho el brazo, pero no paró de correr. Llegó hasta el portal de su casa, no estaban sus padres, pero tampoco tardarían demasiado en llegar.

Se miró el brazo, ahora la marca había tomado un color muy negro. Se asustó. Ya ni recordaba que la mochila le pesara tanto, la abrió y para su sorpresa allí estaba el cuadro, no se lo explicaba, ¿pero cómo...? Lo miró; por detrás había algo escrito.

"Te lo advertí, hiciste caso omiso a mis palabras. Quien avisa no es traidor, seguramente te preguntarás qué es esa marca del brazo. Pues bien, acaba de caer sobre ti una maldición, no te lo creas, pero en menos de 24 horas no serás más que una simple pintura para siempre".

No se creyó ni una palabra, dejó apartado el cuadro, se peló una manzana y mientras se la comía se puso a ver la tele mientras esperaba a sus padres.

 

 

» Subir
» Imprimir página
» Más noticias de Rincón Literario

 

 
Contacto | Aviso Legal | Inicio

Desarrollado por DiCom Medios, S.L.
© Prensa Diaria Aragonesa

Ibercaja Gobierno de Aragón