Galilea

 

Susana Beatriz Montesinos, IES Segundo de Chomón

Normalmente nadie solía dar cuenta de tu paso elegante, digno de una reina, ni de tu mirar altivo que ocultaba conocimientos y vivencias que a los humanos nos está prohibido aprender.

Eras una bella gata del color del ébano nacida allá entre los campos de chufa alborayenses tan bien relatados por Blasco Ibáñez, y esta casualidad hacía que bien podías haberte cruzado por la vida con Batiste, el protagonista de La Barraca, con su mujer o sus hijos. De tu madre aprendiste aquel andar que siempre te caracterizó y por lo que eras la envidia de tus hermanitos.

Durante unos cuantos meses tomaste la leche que tu madre os ofrecía generosa a ti y a tus hermanitos y os enseñó a cazar usando pequeños insectos y ratas como conejillos de Indias en los alrededores de alguna barraca o campo abandonados. Pero a ti no te interesaba esa vida rutinaria en el campo. De vez en cuando mirabas los edificios que marcaban el comienzo del barrio de Benimaclet y soñabas con adentrarte en la selva urbana de Valencia.

Una noche que estabas paseando entre el melonar que hay enfrente del cementerio de Benimaclet viste la oportunidad de tu vida. Observaste un camino de tierra, llamado por los humanos Camino de las Fuentes, que terminaba en una rotonda. Aquella rotonda marcaba tu meta. Las aventuras entre el hormigón. Te hiciste la valiente y te adentraste en el camino.

Al principio no hubo problemas pues por aquel camino no transitaban coches a esas horas. Pero lo que viste antes de llegar a cruzar la rotonda te horrorizó. Enormes monstruos de colores, de ojos brillantes, que escupían humo y tenían cuatro o dos ruedas. Vehículos era el nombre dado por los hombres a aquellas criaturas.

Más te valía correr todo lo que pudieras para librarte de aquellos animales mecánicos y ponerte a salvo en la isleta de la rotonda. No te diste cuenta de que el semáforo estaba en verde para los coches, y al ser tú del mismo color que la noche que te cubría eras invisible para las máquinas que venían a ti, dispuestas a devorarte y no corrías lo bastante para evitarlas.

El resto ya se puede adivinar. Quedaste en el suelo, en un charco de sangre. Ahí terminó la aventura de la gata Galilea.

 

 

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