Sueños

 

Raquel Álvarez, IES La Salle Montemolín

Eran las seis de la mañana cuando sonó el teléfono. Era mi amigo Miguel, que necesitaba contarme algo importante. Miguel era un joven alto, fuerte, con el pelo oscuro y moreno de piel. Era bastante impresionable y ya me había llamado otras veces a altas horas de la madrugada sobresaltado por un sueño. Yo descolgué el teléfono y traté de tranquilizarle, pero él estaba más alterado de lo normal y comenzó a contarme lo que le sucedía.

--Esta vez es diferente Carlos, nunca me había pasado algo así. Estaba pensando en Rocío, en sus ojos oscuros como la noche, cuando entró en mi habitación una niña vestida de blanco que llevaba una margarita en una mano y, en la otra, un muñeco de pelo oscuro que se parecía a mí. Era pálida como la nieve y tenía el pelo negro como el carbón. Su cara me resultaba familiar y desconocida a la vez. Y sus ojos eran oscuros, profundos, podían perderte en ellos. Dejó la margarita en mi mesilla y yo le pregunté si era el amor que había venido a saludarme. Ella, con una expresión congelada, me miró y me dijo:
--Soy la Muerte y he venido a buscarte --y me tendió la mano.
Yo le respondí:
--Niña, no me gustan las bromas.
Ella retiró su blanca mano y mirándome a los ojos contestó:
--Soy la Muerte y vengo a buscarte, si quieres despedirte tienes una hora.

Palidecí y corrí hacia casa de Rocío, que me tomó por loco, pero aún así me abrió la puerta y me dijo que subiera por las escaleras hasta su piso para no hacer ruido y no despertar a sus padres. Ella me esperaba arriba y al verme extendió los brazos, sin embargo, antes de alcanzarla, algo me sujetó por la espalda: la niña me impedía llegar hasta Rocío.
--Ya es la hora. --dijo y me llevó con ella. Traté de gritar, pero ya no tenía voz; traté de correr, pero ya no tenía fuerzas; traté de ir con mi amada Rocío, pero cada vez estaba más lejos y no podía alcanzarla. Poco a poco la niña me arrastraba hacia un tenebroso túnel.

Entonces desperté agobiado y, al darme cuenta de que había sido un sueño todo el temor se desvaneció. Fui a beber agua y cuando volví al dormitorio vi una margarita sobre mi mesilla.
--Vaya-
--Por eso te he llamado.
--No te preocupes, seguro que la habrás puesto tu hermana Marta mientras dormías, hoy ha ido con mi prima al parque.
--Supongo que tienes razón.

Después de aquel día no volví a hablar con mi amigo Miguel. Dos semanas más tarde decidí ir a hacerle una visita a su casa y cuando llegué me encontré con algo que no me esperaba: mi amigo había desaparecido. Sus padres estaban desolados y me explicaron que Miguel desapareció una noche y que no habían tocado nada de su cuarto por si podía haber alguna pista sobre su paradero.

Fui a su habitación y lo que vi me dejó helado. Su hermana estaba sentada sobre la cama de Miguel, jugando con un muñeco de pelo oscuro y con la otra mano sostenía una margarita.

 

 

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