Un día cualquiera

 

Alumno de 3º ESO IES Juan de Lanuza

Era un día como otro cualquiera. Me desperté, desayuné, me vestí y me fui a trabajar. Como me sobraba tiempo aterricé un rato en un banco del parque. Allí me dí cuenta de algo que ya notaba desde hacía bastante; sentía que alguien me seguía pero, por mucho más que miraba, no conseguía ver a nadie. Solos estábamos unas atolondradas palomas y yo.

Proseguí mi camino, llegué al trabajo y la sensación de una presencia permanecía conmigo. Ya en la oficina, fiché y me senté frente al ordenador, dispuesto a afrontar las ocho horas de rigor. No ocurrió nada interesante esa mañana, excepto que al subdirector, una persona odiada por todos los empleados, se le cayeron los cafés, lo que fue celebrado en silencio. Hasta que una misteriosa llamada anónima resonó en mi móvil.

Al recuperar la calle, ya entrada la noche, se abrió la puerta de un coche cercano y salió de él un hombre trajeado, que me arrojó al interior. Dijo que era del FBI y tenía que hacerme unas preguntas. Estrujó un pañuelo en mi cara y caí dormido. Desperté esposado a una camilla. Había en una mesa todo tipo de artilugios. Miré hacia la puerta y se oían voces: lo poco que entendí fue que tres personas me intervendrían. No las veía bien. Según se acercaban pude distinguir que eran tres humanos idénticos a mí; me pusieron una mascarilla y volví a dormir. Desperté en mi cama, y no he podido recordar si fue un largo sueño o fue real, pero desde ese día tengo una cicatriz en mi pecho.

 

 

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