La trama de una vida

 

Elisa navarro, 4º ESO IES Juan de Lanuza

Nunca tuve la oportunidad de ir al colegio. Crecí en una pequeña aldea perdida en las montañas. Mi padre era ganadero, criaba vacas y ovejas y mi madre pasaba sus horas ante un maravilloso telar, en el que ya habían trabajado dos generaciones anteriores. Mientras que mis hermanos tuvieron que ayudar a mi padre con los animales, a mí me fascinaba estar cerca de mi madre.

El telar era impactante, me atraía de una forma irresistible. Sus manos danzaban ágiles sobre la trama, de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, haciendo aparecer poco a poco, como por arte de magia, una tela coloreada.

Mi madre extendía los hilos sobre la mesa y yo observaba sus gamas. Siempre he asociado los hilos con las relaciones humanas, y poco más tarde he sabido con certeza que lo que une a las personas entre sí es todo aquello que no se ve.

Mi niñez quedó tejida en las cuerdas de aquel telar y, pedaleando sin parar, se esfumó mi infancia. La adolescencia fue acomodándose poco a poco a un cuerpo que se estaba formando, alcanzando finalmente al hombre que soy ahora. Fue en esa época cuando pasé mucho tiempo a su lado, hablábamos y trabajábamos al mismo tiempo. La quería con locura. En su interior, siempre quedaban encerrados los secretos que sólo a ella podía revelarle.

En la temporada de calor, el trabajo se amontonaba y con muchísimo entusiasmo le quitaba parte de la labor. Ese verano observé que los hilos dorados de su cabello comenzaban a teñirse de blanco. El trabajo sin tregua había permitido que los años transformaran su cuerpo esbelto, en otro pequeño y menudo, que iba desgastándose lentamente.

Yo tenía conciencia de que el oficio que cada cual escoge condiciona mucho tu forma de ser, y a pesar de que el tiempo también había ido transcurriendo en mi interior, me sentía ligero y ágil como los hilos, mientras que mis hermanos y mi padre se habían embrutecido mucho, poco a poco se iban pareciendo a todos aquellos animales a los que criaban.

Una tarde gris de noviembre, el pedal dejó de resonar en toda la casa. Su corazón dejó de latir al mismo tiempo que su pie, su mente dejó de funcionar paralelamente a sus manos. Murió rodeada de hilos, en esa red que con el paso de los años, se había vuelto densa.

No podía soportar la idea de contemplar el telar enmudecido durante el resto de mi vida, así que esa misma noche, cogí mi hatillo con alguna de mis pertenencias. Pretendía abandonar mi hogar, cuando algo me detuvo.

En la oscuridad de la noche brillaban unos ojos que se escondían tímidamente detrás del viejo telar. Me acerqué con sigilo. Se trataba de Francis, mi hermano pequeño, que ahora tenía veintitrés años.
--¿Qué te ocurre Francis?. Empezó a llorar, lo abracé con fuerza, sequé sus lágrimas con la manga de mi chaqueta, enredé mi mano por su cabello revuelto y besé sus ojos. Entonces, él intentó pronunciar unas palabras que no comprendí y que más tarde volvió a repetir: --¡No te vayas por favor!, ¡te necesito aquí a mi lado!. Mi corazón se detuvo. Hasta ahora, había apenas percibido su existencia. Sin embargo él no había dejado de admirarme en todo este tiempo.
--Tranquilo, tu hermano no se va.

Apoyados en la parte trasera del telar, permanecimos hablando toda la noche. Resultaba estremecedor el conocernos después de tantos años, aun habiéndolo compartido todo, aun habiendo comido en una misma mesa y dormido en una misma habitación.
--Cuéntame cómo era mamá-- me dijo en voz muy baja.

Tomé su mano y, sentados en el taburete, ambos fuimos recorriendo cada una de las partes del antiguo telar.
--Aquí están sus dedos, aquí su corazón, aquí se guardan sus sentimientos, aquí su alegría, aquí se cultivó su paciencia y aquí se encuentran sus pies. --dije, finalmente, tras llegar a los pedales.

Llevaba puesto el jersey desgastado que mi madre y yo habíamos hecho por su cumpleaños hace ya cinco años.
--¡Vamos, te mostraré cómo utilizar el telar y así nos desharemos de esta vieja vestimenta!

El telar muy pronto nos absorbió en su tela de araña. Por eso, ahora somos hilos. Mi hermano, mi madre y yo somos la trenza que se va formando con el paso de los años. Querido Francis, lo demás ya lo conoces, porque lo hemos vivido juntos. La noche en que nos conocimos me pediste que te contara mi vida. Es larga te advertí. No me importa, tengo mucho tiempo.

 

 

foto

 

» Subir
» Imprimir página
» Más noticias de Rincón Literario

 

 
Contacto | Aviso Legal | Inicio

Desarrollado por DiCom Medios, S.L.
© Prensa Diaria Aragonesa

Ibercaja Gobierno de Aragón