El búnker

 

Pablo Yus, Colegio el Pilar Maristas

El estruendo, el doloroso estruendo. No para, no para nunca. El suelo tiembla, tiembla la Tierra, como si un gigante corriese. La Tierra no debería temblar, que pare, que pare ya. Calma, ha parado, no quiero que vuelva nunca, pero va a volver, siempre lo hace. Y otra vez más, las balas cortan el aire y otra vez el estruendo choca contra el suelo y todo tiembla. Las bombas caen, están arriba, en el cielo y van a caer, habrá más ruido. Me agarro las piernas y me hago pequeño, tan pequeño como pueda, y me quedo en esta esquina hasta que pare. Por qué vine aquí, yo no quería estar aquí, no soy un soldado, no soy un soldado. Más truenos sacuden la tierra y me destrozan, no lo aguanto, ¿qué me ocurre? Quiero irme de aquí, una bomba más, y me levanto y corro. Tan rápido como no he corrido nunca. Me gritan cuando paso, pero no me importa, quiero salir de la Tierra, quiero ir arriba, arriba no tiembla. me agarran y grito. Me los quito de encima y corro, tengo que salir de aquí, no soporto el ruido, no aguanto el temblor. Y subo las escaleras, no puedo parar ahora, ya casi he llegado, arriba no hay bombas, arriba no hay ruido. Se acaban las escaleras y salgo. El sol me ilumina la cara, las nubes navegan en un mar azul. Lejos de la Tierra, más allá de los aviones, donde quiero estar, allí arriba no hay nada. La paz me invade y el azar me da unos segundos de calma, no hay ruido, no hay balas, solo el sol y las nubes sobre el manto celeste que me arropa. Cuando la metralla atraviesa mi cuerpo no aparto la mirada del dulce y cálido cielo, ni cuando caigo al suelo y retumbo contra la Tierra que me tiene preso, no desaparece el calor del buen Sol que me abriga y las nubes que tranquilas me acarician. Y me muero cuando acaba la pesadilla.

 

 

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