Una historia de amor en femenino

 

Lucía Santas Lajusticia, IES Juan de Lanuza, Borja

¡Mira que te gusta que te cuente nuestra vida, mi vida, después de hacer el amor! Pero no me puedo resistir, amor mío, a contártela, aunque te la sepas ya de memoria, palabra por palabra.

Yo era una rebelde con causa en esa época de la dictadura en que todo lo diferente era extraño y perjudicial. ¿Mis padres? Unos conservadores fieles a la religión, ya te lo puedes imaginar. A mí, ya te me puedes imaginar en mi época adolescente: pelo largo, liso, oscuro, suelto, con mis propias ideas y, sobre todo, enferma mental, tú me entiendes.

Sí, ahora te ríes, pero ya sabes que en esa época lo pasabas mal. No tenía amigos normales, según decían mis padres, "esos chicos y chicas melenudos con pintas de no haberse comprado un pantalón en su vida, tan oscuros unos y tan coloridos otros, esos enfermos mentales con esas músicas tan liberadoras y sus grititos guturales"--me decían los muy desgraciados.

Todas las tardes me bajaba al bar de mi amigo, cómo se llamaba, ya no me acuerdo. Puede ser Héctor o algo así. ¡Hace ya tanto tiempo! Me quedé un rato pensando, ya no me acordaba de cómo se llamaba.

Giré la cabeza para observar tu rostro, estabas dormida, "qué cara más angelical tiene cuando duerme"--pensé.

Suspiré y seguí hablando: Bueno, siempre me tomaba una cerveza fría con esas aceitunas que quedan tan bien como complemento y nos quedábamos horas y horas hablando y riendo. Él también era un enfermo mental como yo, él me entendía por lo que pasaba y pasábamos, y siempre me decía: "No te preocupes, total, es tu vida, no es la suya". Cuando me decía eso oteaba todo el bar en busca de una mirada perdida, pero nunca la encontraba, menos un día en que la encontré. No estaba perdida, sino sumida en sus pensamientos. Esa mirada me dejó helada; nunca la había visto, era magnífica. Mi amigo seguía hablándome, pero yo desconecté, estaba zambullida en esa mirada tan expresiva, zambullida en su rostro.

Era preciosa: tenía el pelo dorado y unas ondas que le daban un toque muy sexy, piel ligeramente morena, unos labios carnosos rosados, unos ojazos verdes y un cuerpo bien proporcionado. ¡Era perfecta! Todo lo contrario que yo: ojos grises y apagados y con un cuerpo esbelto. Solo nos parecíamos en una cosa: en que éramos mujeres.

Me miró y me lanzó una sonrisa, yo me puse roja y miré a mi amigo, que seguía hablando, no entendía nada de lo que decía, solo oía a mi corazón latiendo con fuerza. Miré la jarra de cerveza, y lo poco que quedaba me lo bebí de un trago. Me relajé y me dí la vuelta, ya no estaba.

Giré un poco la mirada y te vi ahí, con todo tu esplendor, en la barra y poco a poco te acercaste a mí y me dijiste: "Hola, me llamo Lis". Era incapaz de pronunciar palabra, tú te reíste. Al final pude decir, entre unos espantosos gallos, "Yo, Claire". Me miraste con una mirada que dijo todo sin decir nada. Me pediste que te contara mi vida, te lancé una mirada, y te contesté que era muy larga, pero me dijiste que te la contara, que tenías tiempo. Te la conté y me miraste sorprendida.

Durante muchos meses coincidíamos casualmente en el mismo bar todas las tardes y hablábamos durante horas. Reíamos, llorábamos, nos callábamos, era un sueño estar junto a ti. Un día, en esos largos silencios que teníamos, tu mano se acercó a la mía como una tarántula a su presa, me miraste, te acercaste, me besaste. Una ola de calor subió por mi cuerpo y te abracé, no quería que acabara esa sensación tan placentera. Cuando acabamos, miramos alrededor: había gente que nos miró con asco y desprecio, otros aplaudieron. Decidimos, no esa misma tarde, decírselo a nuestros padres, pero no lo aceptaron.

Se estaba haciendo de día, eran las siete de la mañana. Me puse de costado y te miré. Acaricié tu cuerpo desnudo y sonreíste. Abriste los ojos y me dijiste: "Puedes seguir, te estaba escuchando", yo me reí, tú también. Seguí: Lo demás ya lo conoces, porque lo hemos vivido juntos. La noche que nos conocimos me pediste que te contara mi vida. Es larga, te advertí. No importa, tengo mucho tiempo, dijiste, sin saber en el lío en que te metías con este plan infinito.

 

 

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