Un desconocido

 

María Casado Moreno, 1º B Colegio Romareda

Me hubiera gustado empezar a escribir antes en mi diario, pero he tenido un día bastante ajetreado y me ha sido imposible.

Ayer me llamaron del banco para que fuera allí con urgencia. "¿Qué habrá ocurrido?", me pregunté.

Al llegar vi al banquero con cara de pocos amigos y exclamé: --¡He pagado todas las facturas! ¿Por qué me ha llamado?

En unos segundos me fijé en él y le hice una descripción física y psíquica al pobre hombre. Empecé por intentar averiguar su edad. Tendría unos 45 años, esto me hacía saber que tenía unos cuantos de experiencia en el banco y a lo mejor comenzaba a aburrirle su trabajo. Vestía un caro traje con una corbata violeta apagado y una camisa blanca. Me dió un aspecto de seriedad, de ser un hombre que cumple con sus deberes, no muy hablador y bastante tranquilo. Nunca me había parado a pensar que la ropa pudiera decir tantas cosas de una persona.

Sus ojos eran azul cielo, creo que nunca había visto unos tan bonitos, pero en ellos había una mirada penetrante de codicia, rivalidad y engaño al mismo tiempo. Me daba miedo hablarle, pero terminé haciéndolo, si no quería terminar al fondo de la fila de nuevo.

La voz la tenía grave, tanto que al terminar de hablar se oía un pequeño eco al fondo. Su voz y la forma en la que hablaba me pareció la de un hombre sensato, que no se dejaba influenciar. Era atronadora, pero a la vez educada, y las palabras que salían por su boca me parecía de un lenguaje muy refinado. --Espero que no hable así con sus amigos. --me dijo.

Su pelo era castaño claro, no muy rizado y con un pequeño remolino. Me parecía gracioso, me recordaba a mi primo. Tenía un cuerpo atlético y sus brazos eran musculosos. Creo que haría atletismo o golf; tenía pinta de sobrarle el dinero.

Atónito sonrió discretamente, se había dado cuenta de que le estaba observando. Su boca era perfecta y sus dientes relucientes. No había un diente fuera de su sitio. Lo envidiaba.

Dejé de mirarlo por un momento y atender a lo que me decía, ya que me había mencionado la causa de su enfado. Tenía que pagar por anticipado mi viaje a China, y el banco llevaba intentando contactar conmigo una semana, y yo sin dar señales de vida.

"¡Uf!, qué alivio! ¡Empezaba a preocuparme!". Pero ahí no terminó todo: "¿Qué? ¿2.000 euros? ¡Si es más del doble de lo calculado!.

El banquero me asintió con la cabeza y me dijo que era porque había subido el IVA y los viajes en avión eran cada vez más caros. Salí del banco diciéndome: "¿Tendré que suspender el viaje?". Al llegar a casa no le conté nada a mi madre. Me hubiera prohibido viajar a China y yo solo había pensado en eso los últimos cinco años.

 

 

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