Fredrick

 

Rocío Aguado, 4º ESO Coop. de Enseñanza Hijas de San José

Es en la profunda noche de enero: Fredrick escucha al viento, que le susurra y contempla por última vez la difuminada silueta de la gran ciudad. Entonces, se encoge bajo su gabardina y prosigue con su lento caminar. Poco a poco, se aleja del bullicio, de la rutina, de los días lentos y las noches en vela que les siguen, del acusador sonido del tiempo.

Y entonces lo ve: un árbol enorme e imponente, postrado, como una barrera inexpugnable, recordándole sus errores, el pasado del que huye. Y es como si la encontrara de nuevo, como si una vez no hubiera sido suficiente, como si su castigo no hubiese concluido. Lo ve claramente: sus pies flotando inertes, envueltos en esos zapatos verdes que tanto le gustaban; su silueta, delgada y visible tras el translúcido vestido blando, y su rostro, con una horrible mueca de sufrimiento y aun así, hermoso.

Cuando todavía tiene esa imagen en la mente, comienza a llover, primero poco a poco, luego a raudales, y entonces la tentación es inaguantable. Se acerca, acaricia la corteza del árbol, mojada, por la que corren algunas gotas y recuerda cómo ella se entusiasmaba con la lluvia y cómo él, sumiso ante su dulce mirada, la seguía hasta el patio donde bailaban horas y horas, hasta que amainaba. Quién iba a pensar que en ese mismo lugar iba a acabar todo, tiempo después, cuando el peso de las consecuencias se hiciera insoportable sobre ellos.

Sube al árbol y contempla la tormenta: empiezan a caer rayos, que iluminan fugazmente el paisaje y le permiten ver atisbos de la ciudad a la que no volverá. Para entonces, la herida es demasiado profunda: los recuerdos manan a borbotones de ella. Lo que antes eran vestigios de un pasado muy lejano, se ha convertido ahora en recuerdos cristalinos de una realidad demasiado dolorosa, casi insoportable. Fredrick trata de tranquilizarse pero la ansiedad se apodera de él. Se lamenta, con un llanto desgarrado de lo que pudo hacer y no hizo, de lo que debió evitar y no pudo.

Entonces, un rayo le deslumbra, violento, y le alcanza de lleno. Le despoja de las ataduras que le mantenían unido a este mundo, de la miserable vida que llevaba y da por concluida la función, cual ''Deus ex machina''.
 

 

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