Romanticismo

 

Claudia Gota, 4º ESO Coop. de Enseñanza Hijas de San José

No era extraño que un viernes de diciembre amaneciera sin el sol pero yo habría jurado que aquel frío no tenía nada que ver con la fecha. Normalmente era agradable la lluvia al otro lado de la ventana; hacía parecer que el interior de la casa era más cálido. Yo encendía la hoguera del salón y por unos segundos podía imaginar que aquello era un hogar. Aquel día nada podría haber caldeado el ambiente. El frío se había adentrado hasta las entrañas de la casa.

Oí crujir las escaleras. La señora de la casa, puntual, fue como siempre la primera en levantarse. A excepción de mí, por supuesto, que llevaba rato con mis tareas.

Fue cerca del mediodía cuando llegó el mensajero, empapado y tiritando. Ya anochecía cuando salimos hacia el cementerio. Cuando llegamos la verja estaba abierta. Fue un alivio, por el aspecto del metal oxidado el sonido chirriante al abrir la cancela habría sido sobrehumano. Cuando el entierro comenzó delante del panteón familiar la luna llena ya era dueña de la noche. Me alegré de que el cura comenzara a hablar, el silencio allí era más aterrador de lo normal. Le tocó el turno a mi señora. Se colocó al lado del sacerdote, de cara a los invitados, y comenzó a hablar. Firme, clara, preciosa con el vestido negro que me mandó comprar hace una semana. Su aspecto era perfecto, impoluto y sus palabras tan hermosas, tan vacías. Por fin empezó a llorar. Quizás se le había olvidado porque normalmente habría empezado a llorar a mitad de su discurso. No era la primera vez que lloraba sin lágrimas.

Nadie notó cuando una chica se separó del grupo, ni lo notarían cuando abandonaron el cementerio poco después. Y ahora la chica estaba sola en medio del cementerio. Nadie le creería si dijera que en ese momento la luna se reía de ella desde lo alto. Me acerqué algo más a la chica pero apenas pude avanzar un par de metros, cada paso que daba hacia ella dolía demasiado. Intenté verle la cara pero me fue imposible. Fuera quien fuera me dio pena. Sufría mucho. Las rodillas se le doblaron y cayó al suelo, otra vez delante de la tumba del hasta hace poco mi señor. ¿Por qué dolía tanto? Parecía que todo había unido fuerzas contra aquella frágil chica. El frío no mostraba compasión, el silencio chillaba en sus oídos como un sonido de ultratumba, cada bocanada de aire arañaba sus pulmones, cada ráfaga le rasgaba la piel, cada lágrima que resbalaba por sus mejillas abrasaba su interior. Y eran muchas, muchas las lágrimas que caían sin piedad, muchas las que le oprimían el pecho, las que le obligaban a chillar. Un grito que rasgaba el aire, que helaba la sangre, que nadie iba a oír.

Eran todas las lágrimas que su esposa no había derramado. Todas las que ella había escondido bajo su almohada cada una de las noches en esa casa por no estar en la habitación de al lado. Y la noche lo sabía y disfrutaba. Y las tumbas comenzaban a arremolinarse a su alrededor. Y la luna se reía y el peso de todas las personas no lloradas de aquel cementerio la empujaban contra el suelo que se hundía cada vez más y más. La chica echó a correr en un último esfuerzo por huir de allí, por huir de todo. Hasta que llegó al río del otro lado del cementerio. Pero no podía más, aquello tenía que terminar. No recuerdo exactamente que pasó después. Sólo recuerdo que vio en el agua un rostro pálido, un rostro muerto.

Pobre niña, seguro que ni siquiera se dio cuenta de que era su reflejo.
 

 

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