Un viaje familiar

 

Sofía Navalpotro, La Salle Montemolín

Guardo un buen recuerdo de un viaje que hice hace algunos años con mi familia a las Islas Canarias, concretamente a Tenerife.

Fue la primera vez que volé en avión y me pareció una buena experiencia. Nos alojamos en un gran hotel y tengo un bonito recuerdo de las instalaciones, el servicio, el hotel en general y también sus alrededores.

La temperatura, al tratarse de un clima subtropical, era bastante cálida y no había apenas precipitaciones, pero el tiempo era muy variable y el sol y las nubes alternaban mucho durante todo el día, sobre todo dependiendo si te acercabas más a la playa o a terrenos más elevados.

Allí aprendía bastantes cosas, como que existen las playas de arena negra. No las había visto nunca, pero hicimos varias excursiones y nos explicaron que eran de ese color debido a las rocas volcánicas. En una de estas excursiones fuimos a ver el draco milenario, un gran arbusto que tiene más de 1.000 años y ha echado unas raíces muy fuertes que han crecido creando una corteza tan gruesa como la de los árboles normales.

Cuando hicimos una visita al Teide, me llamó la atención el cuidado que tenían los guías, cuando estábamos en la falda del volcán, de que no cogiéramos ninguna roca ni arrancásemos nada, porque es un Parque Nacional y está protegido. Al subir un poco, pudimos ver una famosa roca erosionada que recibe el nombre de 'El dedo de Dios'.

Ya, a la altura de 1.000 metros, disfrutamos del mar de nubes.

Otra cosa de la que me acuerdo y que me impactó es que la gente que conocí era muy amable y más tranquila que la del resto de la Península. Iban sin prisa a todas partes, y de hecho, he oído decir que al tener un clima con temperaturas constantes y siempre templadas o cálidas, se comportan de manera distinta que en los lugares con clima atlántico o mediterráneo.
 

 

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