El Príncipe tenebroso

 

Diego Mendel, La Salle Montemolín

Era 31 de diciembre. Faltaban unos minutos para la media noche. Ya estaba todo listo. La Suma Sacerdotisa había sacrificado a la cabra y sus súbditos habían utilizado su sangre para dibujar un pentáculo. Cinco velas encendidos coronaban los cinco puntos de la estrella. La Suma Sacerdotisa comenzó entonces a formular el hechizo. La secta tenía la arraigada creencia de que para que el bien exista, también tenía que existir el mal. Por ello, se disponían a resucitar al Señor del Mal, al Príncipe de las Tinieblas, a Drácula, utilizando para ello el mismo hechizo que siglos atrás usaron otras sectas clandestinas con el mismo propósito. Sin embargo, no contaban con un detalle: el Señor del Mal necesitaba un cuerpo para poder ser resucitado, un físico para una nueva vida.

Por ello, cuando la Suma Sacerdotisa terminó de formular el hechizo y vio que no ocurría nada, todos se vieron frustrados y pensaron que habían fracasado, aunque se equivocaban.

En un hospital, a miles de kilómetros de allí, nacía un niño justo a media noche. Un niño especial. Pesaba más de lo normal, tenía la piel increíblemente pálida y, lo más extraño de todo, tenía dos colmillos. Ese niño, llevaba la sangre del mismísimo Drácula.
 

 

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