Un camino que sigue

 

Ainoa Rubio Manero, 2º Bachillerato IES Juan de Lanuza

Ya son 14 años los que llevo viviendo con esta enfermedad, sé que es degenerativa. Simplemente he tenido mala suerte, pero debo seguir adelante, a pesar de todo, por mi familia. No hay un solo instante en que no recuerde aquel día en el que el primer brote apareció, haciéndome perder la visión temporal de mi ojo izquierdo.

En el informe siempre aparecía una aclaración médica entre paréntesis, (esclerosis múltiple), pero yo no lo entendía, yo estaba bien. No podía ser nada grave, o eso pensaba, pero mis esquemas se hicieron añicos aquel día, sola en casa, cuando caí al suelo, sin apenas fuerzas en mi cuerpo; de repente, todo se nubló a mi alrededor y no conseguía levantarme. Cuando llegó mi marido, me encontró completamente indefensa y me llevó al hospital; desde entonces, estoy condenada a mi desdicha.

Comencé con leves dolores, pero eso no fue todo. Las leves molestias se convirtieron en graves dolores, que solo podían calmar las pastillas. Muchos han sido los días en que me he levantado y he pensado en picar aquí mismo y meterme dentro; así, quizás todo mi sufrimiento cese. A veces me doy cuenta de que, aunque no me lo digan, soy un estorbo para mi familia, una carga muy pesada. No puedo conducir ni trabajar, y apenas tengo movilidad en las piernas y brazos.

Pensaba que no solo había perdido mi salud, sino con ella mi alegría y esperanza.

No hace más de un mes llegué a tal extremo que una personita, la más pequeña de la casa, se me acercó, me abrazó en medio de un llanto desconsolado y me dijo: "Mamá, tranquila, yo estoy contigo, y voy a cuidarte". Esa humilde miradita bañada en lágrimas me transmitió una gran motivación para intentar volver a ser feliz.

Esta enfermedad no se cura, pero no es mortal y tengo que aprender a vivir con ella. No puedo hacer grandes cosas, pero, haciendo las que pueda, puedo conseguir distraerme y olvidarme de que estoy enferma. Hoy he vuelto a sonreír, y si algo he aprendido, es que no te tienes que dar por vencido nunca. Aparte de las malas experiencias, tenemos otras buenas, que nos hacen grandes día a día y son más importantes que cualquier cosa de este mundo. Mi niña sigue abrazándome entre lágrimas, pero esta vez es dándome las gracias por luchar y no abandonarla. Ahora sé que, aunque sea por ellos, tengo que ser fuerte, luchar y salir adelante, con una sonrisa que me ilumine a mí misma, en el camino que estoy dispuesta a seguir.
 

 

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